
Alguna vez, durante cuatro o cinco semanas, fui un nido de mosca. Esto ocurrió a mis diez años de edad, durante unas vacaciones junto a mis abuelos maternos, en una finca en San Carlos de Alajuela. Aquellos fueron días de madrugar y ordeñar vacas al lado de caballos manchados, terneros pequeños y tórsalos aún más pequeños.
El tórsalo es la versión latinoamericana de Alien: el extraterrestre de cabeza alargada que incuba sus embriones en el cuerpo de quienes tienen la mala suerte de cruzarse en su camino. Además de parasitar vacas, toros y terneros, las moscas de tórsalo de mi infancia depositaban sus huevos a través de otros insectos en perros, cerdos y niños que vacacionaban con sus abuelos.
Así que cuando comenzaron la picazón y las contorsiones de alambre de púas en mi cabeza, mi abuelo me cortó el pelo alrededor del agujero acuoso en mi coronilla, puso encima un esparadrapo, lo presionó, esperó unos segundos y retiró con fuerza la tela. Cuando rompí a llorar, sin apartar los ojos del gusano sanguinolento que se retorcía sobre el esparadrapo, mi abuelo me abrazó y me prometió que al día siguiente iríamos a comer helados.
A menudo vinculamos las moscas con enfermedades y putrefacción. No es extraño entonces que nos resulten monstruosas, especialmente si alguna salió de nuestro cuerpo en estado larval. A inicios de los ochenta, las combatíamos con una tira viscosa de papel que colgábamos del cielorraso. El papel atrapamoscas era una masacre que vivíamos en tiempo real. La forma en que enfrentábamos aquello que nos parecía monstruoso.
La mosca detective
El Departamento de Ciencias Forenses del Organismo de Investigación Judicial alberga un laboratorio de genética no humana, pruebas de ADN, microscopios y larvas de mosca. John Vargas, el entomólogo que dirige la sección de Biología de ese departamento, no oculta su orgullo cuando me muestra las recámaras donde duermen sus larvas detective.
El proceso es sencillo. Los olores que despide un cadáver en descomposición atraen a las moscas azuladas de una familia de nombre exuberante: los califóridos. Una vez que se depositan los huevos en el cuerpo, las larvas inician un ciclo que permite calcular el momento de la muerte. El primer registro de esta alianza apareció en China hace ocho siglos, cuando un juez resolvió un crimen gracias a una mosca que se posaba con insistencia sobre el arma del culpable.
Media hora después, en un restaurante caribeño, John me cuenta que los principales polinizadores de la flor del cacao son unas moscas diminutas. Es decir, sin su trabajo, no tendríamos chocolate. Menciona también que, dentro de algunos años, la mosca soldado negra podría ser un superalimento y un combustible ecológico. Muy pocos, además de John, podrían reclamar con justicia el título de El señor de las moscas.
Más tarde, mientras tomamos un café, comenta un tratamiento médico que limpia heridas y estimula el crecimiento de tejido sano mediante el uso de larvas estériles de la mosca Lucilia sericata. El cine nos había contado algo de esto, en aquella escena de Gladiador (2000) en la que Máximo descubre que la herida infectada en su hombro ha sido tratada con un puñado de gusanos. Hoy, la larvaterapia permite enfrentar las bacterias resistentes a los antibióticos.
La mosca filosófica
Al pintor Salvador Dalí le fascinaban las moscas. Las atraía untándose miel y aceite de dátil en las comisuras y los bigotes. Las consideraba el principal motivo de inspiración de los filósofos griegos, quizá porque entendía que en lo pequeño se oculta una forma radical de verdad: todo lo que vive, incluso lo que nos incomoda, es pasajero.
Pienso en esto en el camino de regreso y caigo en cuenta de que no llegamos a conversar sobre la mosca filosófica. Ese olvido me parece injusto: su vida es breve, pero su presencia es constante. Generación tras generación, sobreviven a nuestra repugnancia y a nuestros intentos de exterminio con una paciencia que habrían admirado los estoicos.
El guatemalteco Augusto Monterroso escribió que las moscas transportan las almas de nuestros muertos. Así, la metamorfosis de la mosca le ha permitido pasar de huevo a larva y de pupa a adulta, pero también de monstruo a detective y a compañera espiritual.
La próxima vez que le recemos al ángel de la guarda, podríamos hacerlo pensando en una criatura de alas transparentes y ojos compuestos que lo ven todo. No sabemos si nuestra oración llegará al lugar correcto, pero tampoco está de más intentarlo. Por si las moscas.
jurgenurena@yahoo.com
Jurgen Ureña es cineasta.
