Elegir el amor, el bien, la verdad, la libertad y el espíritu de servicio será siempre lo mejor; también conversar y no herir a nadie ni con una palabra agresiva, ni con un gesto grosero, ni con una mirada displicente. Tampoco olvidemos la comprensión, el cariño y tantas cosas más, propias de una convivencia humana y grata.
Conversar personalmente, sin prisa ni cansancio, es parte esencial de la vida, no el estar atados a un teléfono automático. Este y otros aparatos similares, acaparadores del tiempo, son valiosos instrumentos de comunicación, pero lo mejor es conversar cara a cara. Y esto no se deja para después.
Ya lo dice un autor: “Haz lo que debes y está en lo que haces”. Lo mejor siempre será lo humano y sencillo. Aquí cabe el concepto del filósofo Georges Gusdorf.
Para él, con la palabra llamamos el mundo a la existencia, no a la nada.
El ejercicio de la palabra y el esfuerzo de escuchar son una medicina prodigiosa para el cerebro. Cuando conversamos personalmente, puede suceder la magia de que algunos horizontes abran sus puertas.
Otro filósofo, de feliz memoria y colaborador frecuente de esta página, Constantino Láscaris, hablaba de un costarricense “enmontañado”.
Hoy le preguntaría a este connotado filósofo qué diría al respecto. Pienso que diría: “Sigue enmontañado, pero hoy se ha empobrecido el acervo moral y la sencillez de costumbres que había en el país cuando llegué en 1957”. Mas no solo estos campos se han empobrecido; asimismo, el acervo o haber común de los bienes espirituales y transcendentes.
Para algunos creyentes se ha debilitado la vida cristiana porque hemos olvidado que el cielo está abierto para todos y que sus puertas nunca se cierran.
Tengámoslo presente: el alma recobra el optimismo y la alegría de vivir cuando elegimos lo mejor.
El autor es abogado.