
En política, hay muchos términos que se utilizan para calificar y descalificar personas. Más que términos políticos, son etiquetas. Si una persona opina sobre un tema, se le descalifica diciendo que es de derecha, centro, izquierda, liberal, conservadora, progresista, elitista, resentida social y, de ser conveniente, se inventa uno nuevo. Hasta se puede observar a políticos descalificar a otros políticos calificándolos de ser políticos.
Para ejemplificar lo anterior, se puede utilizar la palabra “pueblo”, una de las que más se usa en política con conveniente ambigüedad. A manera de ejemplo, imaginemos la siguiente conversación en la que Juan es un diputado que conversa con su amiga Ana sobre un proyecto de ley que, para los efectos, puede ser de cualquier asunto.
ANA: Mirá, la verdad no estoy de acuerdo con tu proyecto, creo que complica en lugar de simplificar.
JUAN: Bueno, pero yo en realidad apelo al pueblo.
ANA: ¿Al pueblo? ¿Y qué debo entender por eso?
JUAN: Pues eso, el pueblo.
ANA: O sea, yo no soy pueblo.
JUAN: Me refiero a la masa.
ANA: ¿Y qué es la masa? ¿No soy parte de esa masa?
JUAN: Pues, en realidad, no.
ANA: ¿Y por qué? ¿ Qué me diferencia? ¿Qué soy entonces? ¿No tengo los mismos derechos? ¿No somos todos iguales?
JUAN: Aaah, vos entendés.
ANA: La verdad, no. No entiendo.
JUAN: Mirá, vos vivís bien; me refiero al resto.
ANA: Vivir bien… Eso es tan, pero tan relativo. Entonces, unos son pueblo y otros son… ¿qué son o somos, según vos?
JUAN: Es que se sobreentiende.
ANA: Sinceramente, de verdad no se entiende. Hasta donde veo, según tu explicación, hay dos Costa Rica: el pueblo y los no sé qué. Porque, así como lo ponés, estoy en el limbo. Y, además, vos, que también “vivís bien”, ¿qué sos?
JUAN: Es que es diferente. Yo los entiendo y me identifico.
ANA: Aaah, vos decidís que sos pueblo y decretás que yo no; que ni lo entiendo ni me identifico con él. Hasta donde sé, trabajo y me enfermo como todos, debo créditos igual que muchos, me da hambre y busco progresar igual que el resto.
JUAN: Es más complejo, es un tema social.
ANA: Toda sociedad es compleja, pero es una. Hay sectores, como el industrial, agropecuario, tecnológico, educativo. También grupos étnicos, personas discapacitadas, adictos, desempleados, religiones, y ahí puedo seguir. Pero todos son parte de la unidad que yo entiendo como pueblo.
JUAN: Es un tema político.
ANA: No enredemos las cosas. Voy a resumirte lo que entiendo:
- En forma arbitraria y conveniente, dividís una sociedad compleja y articulada sin tener un criterio definido. Más bien, cuanto más ambiguo, mejor, ya que podés incluir y excluir con mayor facilidad.
- No sé cómo, salvo poder sobrenatural, asumís ser la voz del “pueblo” y, de paso, lo menospreciás, asumiendo que entendés toda su complejidad, interacciones, virtudes y deficiencias y necesidades. No solo eso, sino que, a su vez, hacés lo mismo con el “no pueblo”.
- Es igual que cuando se clasifica en centro, derecha, izquierda, liberal, progresista, etc. Primero, a conveniencia del momento y hasta según la moda, se inventa o adecúa la definición de cada una de esas etiquetas. Luego, no hay combinaciones, no hay derecho a pensar libremente, tenés que encajar en una. En realidad, te encajan a la fuerza.
- Finalmente, al etiquetar y diferenciar donde no hay diferencia, polarizás, creando una visión de blanco o negro, cuando en realidad esas personas pueden pensar en gris. Claro, es más fácil cosechar votos de polos blanco o negro, que de una gran masa gris.
JUAN: Te entiendo, pero que es que así funciona la política. ¿Qué te puedo decir?... Hay que adaptarse.
El anterior diálogo fue didáctico, pero creo que bastante realista. Considero necesario tener claro, en especial ahora que se acercan las elecciones nacionales, cuándo los discursos apelan a clasificaciones o etiquetas que, con ánimo de generar una idea de exclusividad, en realidad generan división donde no la hay y, en forma inconsulta, clasifican a las personas en grupos.
A su vez, hay que tener claro que las etiquetas políticas son términos atractivos, ya que generan un sentimiento de pertenencia a un grupo que alguien más definió; no para representarlo, sino para utilizarlo y poder hablar en su nombre.
Así, lo que en realidad está sucediendo es una manipulación utilizada durante siglos. Dice al final el diálogo anterior: “¿Qué te puedo decir?... Hay que adaptarse”.
Y yo añado: el reto es no adaptarse, conocerse políticamente y no dejarse etiquetar.
Adolfo Lizano González es abogado e ingeniero agrónomo.