
Quién lo iba a decir. Entre los documentos que preservan la memoria de la Campaña Nacional, hay tres héroes de cuatro patas. Siempre he querido contarlos a los chiquillos, cuando me invitan a una escuela a narrar la gesta, para un 20 de marzo o un 11 de abril. Ahora que escribí una radionovela sobre ese periodo histórico, decidí meterlos a los tres en los guiones. Es lo justo. Me había lerdeado en hacerlos cuento, y se me adelantaron saliendo por radio.
Escribo esto, aunque ya pasó abril, porque sus historias están vigentes en cualquier tiempo del país, especialmente en momentos de cambio. De todos modos, el 170.° aniversario de este periodo tan fundante de nuestra nacionalidad no se reduce a un solo mes. Es más. Diría que hace falta recordarla todos los días del año, como quien toma café, por la dignidad que este relato muestra en nuestra raíz y que, en estos tiempos, necesitamos con urgencia recordar. Aquí van las tres historias:
Resulta que al burro del Sapoá lo encontraron nuestras tropas cuando iban rumbo a Rivas. Dicen las fuentes orales que los filibusteros lo habían atrapado en una finca, pero que el burro se les había zafado. Los ticos se lo encontraron en el Sapoá y por eso lo bautizaron con ese nombre: el burro del Sapoá.
Cuentan que, en Rivas, el burrito ayudó a mover chunches, pasar munición de un lado a otro, transportar heridos y quizá hasta ayudar a algún enfermo de cólera de regreso a la patria. Lo cierto es que los soldados le agarraron cariño. De vuelta a Costa Rica, el animalito era muy querido y respetado. La gente lo veía trotar por San José y lo dejaban meterse a los potreros a comer zacate. Pero nunca falta un cascarrabias que no quiso que el burro entrara a comer en su finca y, con la violencia propia de los intolerantes, le clavó una espada y lo mató.
El dolor en San José fue memorable. La gente se indignó por la crueldad de quien acabó con la vida de un burro que había elegido servir en el lado correcto de la historia: al lado de los que peleaban contra el servilismo y la esclavitud. El periódico oficial incluyó una nota luctuosa por el héroe caído, y el gobierno obligó al culpable a pagar cada centavo de su valor. El dinero se donó al Hospital San Juan de Dios. Hasta en la muerte, este burrito benefició a los enfermos. Curioso que fuera la violencia de un tico, y no de un filibustero extranjero, la que acabó con su vida. No hay peor cuña que la del mismo palo, decían las abuelas.
Memorable también es la historia de Capitán, el perro del padre Bruno, párroco de Barva de Heredia. Dicen que el perro siguió al cura hasta Rivas. No se quería separar de su amo. Allí estuvo quizá de sacristán, rastreando con su olfato a algún herido que necesitara urgentemente los santos óleos o animando a los convalecientes con sus piruetas y el cariño propio de los zaguatillos nobles.
La fidelidad de Capitán llegó a tal punto que cuando el padre Bruno enfermó de cólera, el perro no se apartó de su lado. Cuando el amo murió, Capitán no se quiso mover del sitio donde lo enterraron. Al tiempo, regresó a la parroquia de Barva, donde se echó en la puerta de la casa cural, a la espera de su amo, que un día llegó por él. Estoy seguro de que san Pedro dejó de lado cualquier disquisición teológica que pusiera en duda que un ser así, tan noble como Capitán, mereciera ladrar y moverles el rabo a los santos del cielo.
Finalmente, la historia del buey. Ese no tiene nombre, aunque quizá los soldados lo conocían con uno solo: “nuestro próximo almuerzo”. Hambrientos al extremo, enfermos y exhaustos de defender La Trinidad, puesto clave ubicado en la confluencia entre el río Sarapiquí y el San Juan, estaban a punto de comérselo hasta que el buen juicio del sargento mayor, Máximo Blanco, se impuso: él no sería comida, sino el guía para salir de la selva y volver a tierra conocida.
En efecto, la buena memoria del buey para ubicarse en tierras confusas, con señales esquivas, fue la que sirvió a la tropa de Blanco para regresar a casa. Curiosamente, el buey no llegó a su destino ni sirvió de almuerzo para los soldados. ¿Por qué? Una madrugada, en la selva, se lo comió un jaguar. Es en serio. Está en los documentos.
Un burro, un perro y un buey. Representantes, cada uno, del buen juicio para elegir cuál es el lado correcto de la historia, cómo hacerlo con fidelidad y lealtad, y cómo utilizar la memoria para volver adonde está nuestra verdadera raíz, nuestra casa. Eso me recuerdan estos tres animales. Fueron buenos ticos, más que muchos de nosotros: cascarrabias, y jodidas cuñas del mismo palo.
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Rodolfo González Ulloa es periodista, investigador histórico, docente y cuentacuentos.
