Alberto Morales Bejarano. 7 agosto, 2018

Después de 35 años de epidemia del VIH/sida en un país como el nuestro, en donde a los 18 años la mitad de las mujeres y dos tercios de los hombres ya han tenido relaciones sexuales, 979 costarricenses recibieron en el 2016 la noticia de ser portadores del virus de imunodeficiencia humana (VIH). Eso representa 19 pacientes cada semana, según datos del Ministerio de Salud.

Los números son mayores a los vistos hasta hace unos cinco años, cuando la cantidad de casos nuevos al año rondaba los 700.

Las medidas urgentes para proteger en este y otros campos a adolescentes y jóvenes tienen que ser intersectoriales e interdisciplinarias

Las estadísticas muestran que entre el 2002 y el 2016 se registraron 9.197 nuevos casos. De ellos, 7.478 son hombres (87 %) y 1.719, mujeres. Como dato complementario, por cada costarricense con el virus hay 1,5 con sífilis.

De esas personas, 7.679 reciben atención en una de las clínicas de VIH de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS).

Detección. Se ha dado, por lo tanto, un gran cambio en las tasas: pasamos de casos detectados con el virus de inmunodeficiencia de 12 por cada 100.000 personas en el 2004 a 20 por cada 100.000 en el 2016, y de personas con la enfermedad activa, sida, de una tasa de 7 por cada 100.000 en el 2004 a 2 por cada 100.000 en el 2016. Lo anterior evidencia un aumento y una mejor detección y, a la vez, un mejor tratamiento para prevenir la aparición del sida.

Adicionalmente, de ese total, el grupo etario más afectado son personas jóvenes de 15 a 34 años: un 51 % (16 % de 15 a 24 años y 34 % de 25 a 34 años).

En el mundo, dos millones y medio de seres humanos resultan infectados cada año por el virus, y más de 30 millones han muerto por la enfermedad desde 1980. De estos, alrededor de 30 adolescentes cada hora, en su mayoría mujeres, contrajeron el virus en el 2017, lo cual significa que cada 3 minutos una joven de 15 a 19 años de edad se contagió, de acuerdo con el último informe de la Unicef titulado Women: at the heart of the VIH, de julio del 2018.

Las adolescentes con edades entre los 10 y los 19 años representan casi dos tercios de los 3 millones de jóvenes de 0 a 19 años que viven con el VIH. Aunque la mortalidad en todos los demás grupos de edad, incluidos los adultos, ha disminuido desde el 2010, las muertes entre los adolescentes de 15 a 19 años no se han reducido, de acuerdo con dicho informe.

Feminización. Como los muestran los datos, el VIH/sida era una epidemia originalmente concentrada en hombres; sin embargo, se ha dado una feminización y las nuevas infecciones se están sucediendo en igual número de hombres y mujeres en muchos países.

Al principio de la epidemia en los años 80 había una relación de siete hombres infectados por cada mujer; hoy se ha reducido de dos a uno, e incluso en América Central hay algunos países donde ya reportan un hombre infectado por cada mujer, según datos de el Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/sida.

Ante este panorama, las medidas urgentes para proteger en este y otros campos a adolescentes y jóvenes tienen que ser intersectoriales e interdisciplinarias y, como mínimo, lograr un vigoroso y extendido, hasta primaria, Programa de Educación para la Afectividad y Sexualidad Integral por parte del MEP; la creación en todos los niveles de atención de la CCSS de un Programa Integral de Salud Adolescente y Juvenil hasta los 25 años, que permita el acceso fácil y amigable a servicios integrales y cuenten con programas de salud sexual y reproductiva; combatir vigorosamente la exclusión escolar con opciones que vayan más allá de lo académico y rescaten el enfoque de la escuela y el colegio como comunidad estudiantil y, evidentemente, reducir la pobreza porque el 34 % de las personas sin recursos económicos y el 12 % en pobreza extrema son niños, niñas y adolescentes.

Tarea enorme, pero posible, si al menos se empezara por designar en ministerios, instituciones y programas enfocados a la niñez, adolescencia y juventud a las personas técnicamente idóneas y con la experiencia y sensibilidad requeridas.

El autor es médico pediatra, exjefe de la Clínica de Adolescentes del Hospital Nacional de Niños.