
Tan viejo como la maña de pedir “fiao”, la crueldad infantil nos ha acompañado desde que Caín le arreó a su hermano con la famosa quijada de bullying... eh, digo de burro.
Ustedes dirían, si me conocen, que, seguramente, de niña fui un terremoto, un huracán, una potrilla indomable.
Pero no, para nada. Fui más bien callada, invisible. Trataba de no notarme.
Esto, debido a una serie de situaciones familiares y a una época en que los niños nos las arreglábamos sin ritalina, sin psicólogo y sin clubes de karate.
La cosa es que iban a reconstruir la escuela pública a la que asistía y mamá decidió pasarme a una privada quee estaba justo al frente de la otra y que, por muchas razones, convenía más, entre ellas, una beca que me daban por ser hija de mi madre.
Las monjas regentes eran muy amigas de ella y se pagaban la mensualidad con todos los favores que mamá les hacía y problemas que les resolvía.
De la noche a la mañana, sin preguntarme nada, me vi matriculada y, para marzo de 1970, ingresé cual alienígena al cuarto grado aquel, donde mis nuevos compañeros eran hombres y mujeres que habían compartido en su mayoría desde el kínder. Al ser “la nueva”, me convertí en el blanco inmediato de su curiosidad.
Yo tenía todo el equipo solicitado para no resaltar mucho ni mostrar mis carencias, pero los viernes nos llevaban a una jornada deportiva en un colegio que contaba con las instalaciones para ello. Para mí, era todo un acontecimiento: árboles, piscina y mucho césped para correr como el viento.
Para comenzar, el uniforme cambiaba: los hombres, de pantaloneta blanca y camiseta, y las mujeres, con una blusita de lino a rayas (como las de las almohadas), un short celeste con guarda de las mismas rayas de la blusa, y una enagua blanca que se quitaba a la hora de hacer alguna actividad para no perder el recato.
No contaba yo con que mamá, para optimizar su presupuesto, me compró el uniforme de modo que me durara tres años y, por lo tanto, entre Dopey –el enano mudo de Blancanieves en la versión de Disney– y yo, no había ninguna diferencia: la ropa me quedaba nadando, y ninguno de los dos decíamos ni mú.
Ese primer viernes me levanté feliz a estrenar mi sportswear y me fui a la escuela.
Ahora que soy adulta y que me he enfrentado a todo tipo de públicos, puedo decirles que no hay elixir más glorioso que ver a tu audiencia reírse de tus ocurrencias.
Pero una cosa es que se rían con vos y otra muy distinta de vos.
Cuando entré a la clase, la carcajada fue estruendosa y unánime.
Todavía resuena en mi adolorido ego aquella burla implacable por la talla 2X de mi uniforme. Y lo peor fue que la maestra, en vez de corregirlo, se unió al desconcierto preguntándome de qué venía vestida y que si me había encogido en el camino.
Sentí mis mejillas ardiendo. Ni el mesón de la casona de Rivas ardió con tanta violencia.
Me senté en mi puesto con los ojos llenos de lágrimas. Pero esa otra yo –la valiente, la digna– me advertía de que no se me ocurriera demostrarles mi humillación.
Para cuando llegaron los buses a llevarnos al dichoso día de deportes, mi ilusión estaba encogida dentro mi tristeza.
Tomé un asiento y nadie se sentó a mi lado y me fui mirando por la ventana como si no hubiera mañana.
Parece un relato de La Rosa de Guadalupe; solo me falta el ventolero en la cara y la flor blanca echando humo.
Y aunque no pasó mucho tiempo antes de que demostrara mis talentos y sobresaliera con varias de mis habilidades, aquel día se volvió desgraciadamente indeleble.
Claro, tampoco es que lo tengo sentado en la sala, ni de primero en mi lista de anécdotas.
Tampoco culpo a mi madre por querer economizar a costa de mi dignidad. Ni a la maestra por querer ser graciosa. Ni a los veinticinco infelices que encontraron una jocosa forma de burling a costa de aquella chiquilla de la que poco sabían.
Poco sabían de que venía de un hogar naufragado, de las cosas que en mis nueve años de vida había visto, de mi corazón hecho de paja y miel, y de que yo sabía borrar el dolor con creatividad, y con risa, y con besos, y con palabras, y con canciones.
Por eso, si usted, querido lector, sufrió, como yo, alguna de estas humillaciones, abrace a ese niño o niña que fue. Dígale que sobrevivió, que creció y que ahora hay alguien dispuesto a defenderlo del desprecio, la burla y la crueldad que antes debió soportar en silencio.
Y si uno de sus hijos o nietos atraviesa algo parecido, jamás lo minimice ni le diga que “aprenda a defenderse”. Ningún niño debería cargar solo con el peso del odio ajeno. Ante una injusticia, los adultos tienen la obligación de intervenir.
Los niños son demasiado frágiles para librar solos batallas contra la humillación cotidiana. Las heridas del bullying no siempre se ven, pero muchas veces acompañan durante años a quienes las padecieron.
Y aunque Magón, en su inolvidable Para justicias, el tiempo, nos dejó la lección de que el tiempo termina poniendo las cosas en su lugar, también es cierto que esperar décadas para sanar o demostrar que uno valía más de lo que le hicieron creer puede ser un precio demasiado alto para una infancia marcada por el miedo y la vergüenza.
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Ana Coralia Fernández es periodista y narradora oral.
