
La campaña de Laura Fernández hizo circular un comunicado oficial en el que se indica que la candidata no asistirá a una parte importante de los debates presidenciales previos a estas elecciones.
El texto, que algunos han querido vender como manifiesto político, es, ante todo, una colección de excusas para explicar la ausencia de la candidata en los únicos lugares donde el poder se mira de frente, sin filtros. No es una declaración de principios: es un permiso para esconderse.
Hablan de una decisión “estratégica”, pero lo que se lee entre líneas es otra cosa. Se descalifica el debate como si fuera un circo de mentiras y ataques, como si preguntar fuera un acto de traición. Eso no es defender al pueblo; es tratarlo como a un menor de edad que no puede oír versiones distintas. Quien aspira a gobernar un país no puede elegir solo los micrófonos cómodos y los públicos dóciles. La política no es una pasarela.
El comunicado, además, no lo firma Laura Fernández. Lo firma Francisco Gamboa, jefe de campaña, y ese detalle pesa. La voz que aparece es la de un equipo de asesores cuidando una marca, no la de una líder dispuesta a explicar qué piensa y por qué. Cuando una candidatura presidencial necesita un intermediario para anunciar dónde no dará la cara, la imagen de fortaleza se derrumba.
Tampoco ayuda el lenguaje de ataque. Llamar “desesperados” a los rivales, y “traidores” a ciertos medios es la vieja receta de dividir para reinar. Se construye un enemigo útil mientras se guarda silencio sobre lo esencial.
Ni una línea sobre empleo, sobre escuelas que se caen, sobre hospitales saturados, sobre el costo imposible del diario vivir. Solo consignas, palabras repetidas, promesas al aire. El “pueblo” aparece como adorno, nunca como realidad, con problemas concretos.
La selección de unos pocos debates –TSE, Columbia, Trivisión, Monumental y Repretel– se presenta como gesto responsable, pero suena a cálculo frío: exponerse lo justo, arriesgar lo mínimo, controlar el relato. Eso podrá servir para una campaña de imagen. Para un proyecto país, es insuficiente y hasta ofensivo.
Y aquí está el fondo del asunto: este comunicado no habla de debates, habla de poder. De un poder que quiere nacer sin preguntas, sin crítica, sin prensa incómoda. Nos piden creer que priorizar al pueblo es aplaudir el silencio de la señora Laura Fernández, mientras su jefe de campaña nos explica la conveniencia de no escuchar a los demás.
Un candidato que no soporta el calor de un debate tampoco aguantará el peso de una crisis nacional. Costa Rica no se gobierna desde agendas protegidas ni desde textos firmados por terceros. Se gobierna con carácter, con ideas y con respeto por la inteligencia de la gente.
Lo que hizo Francisco Gamboa, en nombre de su candidata, fue decirnos que no confían en la ciudadanía. Y quien no confía en su propio país no debería pretender dirigirlo. No es estrategia: es cobardía política. No es cercanía: es maquillaje. Y el maquillaje se corre cuando llega la hora de dar la cara. Esa hora llegará, aunque la campaña de Laura Fernández siga mirando para otro lado.
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Joice Loría Vega es educadora.