Orondas, a sus anchas, caminan por las calles de la patria las mafias vestidas de cuello blanco (o azul). Con el cilicio en un bolsillo están listos para castigar a quienes denuncian, critican, entraban, declaran, señalan, evalúan, miran, investigan, leen, resuelven, analizan, asocian, piensan u objetan negocios ilegales tipo Al Capone o Estado-negocios. Su otro bolsillo es para los complacientes que tienden –amedrentados, acobardados, asolados, dañados o aquejados– la cómplice mano, no para saludar, sino para recibir el premio de su pusilánime sigilo.
Detrás del silencio de su flemática presencia en multifacéticos sillones de decisiones, comprada con dinero de la “familia”, se precian mantener bajo control la maquinaria de irregulares negocios a costa de la ruina, moral y económica, de la sociedad. Las camaleónicas bambalinas entre lo público y privado, el negocio y la caridad, la cantina y el liceo, y el vicio y el deporte, les evita mostrarse como figuras públicas. Taimados, marrulleros, calculadores, abstraídos, enajenados, incapaces, pero respetuosos, zonzos, sin alharaca, medio sonrientes, sin fotografías, sin oficio ni beneficio, sin dar la cara, se enfocan, como los roedores y las víboras solo en “lo importante”.
Un mensaje de texto, un correo electrónico, una nota imborrable, un cheque, una transferencia bancaria, un mensaje de voz, propiedades (muebles o inmuebles) a su nombre, no son los medios de comunicación que predominen en su gremio. Dejan huella. Prefieren, lo impersonal: una llamada telefónica –anónima o a través de terceros– o el correo de las brujas para transmitir su “mensaje”. O un testaferro para esconder sus lingotes de vergüenza. Estos no dejan huella.
Amenaza. La deslegitimación, la difamación, la calumnia, la inexactitud, el deshonor, la crápula, la perfidia, el silencio, la persecución, las des-invitaciones, el desempleo y el aislamiento son las primeras y más preferidas herramientas contra quiénes disienten. Pero, si la persona a quién se dirige el “mensaje” no obedece, el último recado lo entregarán dos o más “enviados” envuelto en fríos o calientes minerales con sangre. Aquí también se evitarán huellas: alguien llegará primero, o, en caso que el fulano quede con vida, se las arreglan para acabar con el problema. No sin antes, por supuesto, escarmentar a quienes fallaron el primer intento.
Finalmente, sabrán precisamente escamotear las sinrazones de los acontecimientos con sobornados argumentos tales como “estaba en el lugar equivocado en el momento inoportuno”, “fue un accidente” o “no están claras las causas”.
Sus conexiones en el norte, sur, este u oeste (fuera del país) les asegurará un lugar “seguro” en caso de tener que correr cobardemente. Sus descendientes crecerán creyendo que todo fue un montaje o una persecución para desheredarlos, desampararlos, excluirlos o desprestigiarlos. Y la historia, tiempo después, se repite.
Orondas, a sus anchas, caminan por las calles de la patria las mafias vestidas de cuello blanco (o azul). ¿Hasta cuando?