Finalizada la primera reunión de padres del primer grado de la escuela, mamá y yo tomamos el bus de San Pedro. Poco tiempo después, una cuadra al oeste del parque Morazán, en avenida 3, estábamos descendiendo por la puerta trasera. En el momento en que ella giraba para ayudarme a bajar, el chofer aceleró intempestivamente. Yo quedé en el último escalón, mientras ella, en la acera, gritaba para que se detuviera. Lo mismo hicieron otros adultos, detrás de mí, con remarcado enojo. Aun así, desoyendo a todos, sentenció bruscamente: “¡La siguiente parada es en la Fischel!”. Yo quedé petrificado, aferrado al marco de la puerta, y mi madre, desesperada, corriendo. Alguien a mi espalda atinó a cruzar su brazo sobre mi pecho para que no resbalara.
No era un bus como los de ahora, sino lo que medio siglo atrás aún llamábamos una “cazadora”: rudos camiones sin compensadores y asientos de madera tapizados con vinil.
A lo largo de tres cuadras, yo iba inmóvil, asustado; ella en pánico detrás del camión. Para ambos, una eternidad. Yo en la grada; mi madre por la calle, quizá pensando que me podría caer. O suponiendo que el bus se detendría lejos, por el Mercado Borbón y, si cruzaba por la calle, lo perdería de vista. Cuántas interrogantes surcarían su mente mientras corría... Y si me perdía, o alguien me robaba, ¿a quién acudiría por ayuda?, ¿qué haría aquel niño de siete años, solo, en la amenazante ciudad?, ¿cómo explicaría a mis hermanos, a mi padre, la tragedia de mi extravío? Y, en medio de todo, tal vez consumiéndose hasta el alma por un injusto sentido de culpa.
Cuando finalmente el automotor se detuvo, diagonal al Correo Central, una pareja de adultos, que fueron ángeles, me ayudó a bajar y me acompañaron mientras reiteraban que pronto vendría mamá. En efecto, al momento llegó: venía con su cara enrojecida, temblando, los nervios al límite y bañada en lágrimas. Desesperada, me abrazó con fuerza, llorando desconsoladamente, rogándome perdón. En ese instante, al sentir su calor y la seguridad de su abrazo, también estallé en llanto. Ni los vasos de agua que nos dieron en la farmacia Fischel aplacaron la aflicción provocada por el susto, esa sensación de riesgo de pérdida en la que nos vimos envueltos. Aquellas imágenes nos acompañaron el resto del día y la noche. A mi madre, posiblemente por mucho más tiempo.
Han pasado más de 50 años y –casualidades del destino–, la mayor parte del tiempo me ha tocado trabajar muy cerca de ese sitio, aún hoy. Con frecuencia, camino esa avenida. Ya no existe la farmacia, pero sigue la gente, el bus de San Pedro, la iglesia del Carmen, el Club Unión, el edificio de Correos. He hecho el mismo recorrido que entonces hice en la grada de la “cazadora”, y mi mamá enloquecida, persiguiéndola. Aunque ella partió hace 15 años, el recuerdo de las muestras de su amor y cariño renacen, y vuelvo a sentir vívidamente su protección de madre.
Víctor Chacón Rodríguez es director del Instituto de Gobierno Corporativo.