El Niño-Oscilación del Sur (ENOS) es un fenómeno climático relacionado con el calentamiento del océano Pacífico oriental ecuatorial. Consiste, en realidad, en la fase cálida que altera los patrones de circulación atmosférica y oceánica. En la costa oeste de Suramérica y Centroamérica suele provocar lluvias intensas, mientras que en otras regiones del mundo genera sequías.
En nuestro país y en las demás naciones centroamericanas, las proyecciones apuntan a un déficit de precipitaciones, aumento de las temperaturas y mayores riesgos para la agricultura y la salud. Entre las principales consecuencias para la región destacan:
- Sequías severas y reducción drástica de las lluvias. En algunas zonas, la disminución podría superar el 30%; afectaría con mayor fuerza el Corredor Seco centroamericano, ubicado desde el sur de Chiapas, México, hasta el occidente de Panamá.
- Impacto agrícola y alimentario. Las sequías prolongadas amenazan las cosechas de granos básicos, comprometiendo directamente la seguridad alimentaria y el acceso a los alimentos.
- Estrés hídrico. El bajo caudal de los ríos afectará la disponibilidad de agua para consumo humano y reducirá la generación hidroeléctrica.
- Salud ambiental. El ambiente cálido y seco favorecerá los incendios forestales, deteriorará la calidad del aire y aumentará las enfermedades respiratorias, diarreas y patologías asociadas a vectores, como dengue, malaria y alergias.
Generalmente, el fenómeno de El Niño se declara cuando la temperatura del océano Pacífico aumenta 0,5 °C por encima del promedio histórico. Sin embargo, actualmente se esperan incrementos de entre 2 °C y 3 °C en el Pacífico Central, por lo que equivocadamente se le ha denominado “Súper Niño”, cuando lo correcto sería hablar de un “Niño fuerte”. Según los expertos, este fenómeno se desarrollará entre este mes de mayo y julio próximo y se extenderá hasta febrero de 2027.
Ante estos pronósticos, resulta esencial reforzar los protocolos de identificación y evaluación de riesgos en las poblaciones del Corredor Seco centroamericano, donde habita cerca del 90% de la población. Esto implica fortalecer medidas de higiene personal, promover el lavado de manos con agua potable y jabón, así como la adecuada manipulación y cocción de alimentos, para evitar la transmisión de gérmenes causantes de diarreas y enfermedades respiratorias.
En el caso de Costa Rica, como lo indica el Ministerio de Salud en su Boletín Epidemiológico N.° 17 de 2026, estas acciones adquieren especial relevancia ante la persistencia de enfermedades respiratorias y diarreicas, tanto de origen viral como bacteriano, que continúan representando una carga significativa para la salud pública.
En este contexto, cobra especial importancia la aplicación rigurosa del Protocolo de Vigilancia de Enfermedades Transmitidas por Alimentos (ETA), el cual orienta la investigación oportuna de casos y brotes mediante flujogramas específicos según la etiología probable.
Por su parte, el Instituto Costarricense de Acueductos y Alcantarillados (AyA), como ente rector en agua potable y saneamiento, debe identificar la vulnerabilidad de los sistemas de abastecimiento en Guanacaste, la zona norte, el Valle Central y, paradójicamente, la vertiente del Caribe, donde el exceso de lluvias también podría afectar el suministro de agua.
Por ello, recomiendo identificar viviendas, centros comerciales, establecimientos de salud y centros educativos que cuenten con tanques internos de almacenamiento de agua potable, así como promover su adquisición en los lugares donde no existan. Esto permitiría mitigar la discontinuidad en el acceso al agua potable y evitar afectaciones físicas y mentales en la población.
darnermora@gmail.com
Darner Adrián Mora Alvarado es salubrista público.