La raza humana perdura en el tiempo gracias a dos instintos básicos, que son sobrevivir y reproducirse. Para su supervivencia, debió recurrir, civilizándose, a dos actividades primordiales: producir y consumir.
Después de vivir el largo período de la caza y recolección de frutos, los humanos necesitaron producir los alimentos que consumían. También debieron socializar para cooperar en sus tareas productivas. En ese ámbito social, aparecieron los creadores de fábulas que relataban historias a sus embelesados auditorios, reunidos junto al fuego protector. Así comenzó la relación del productor de cuentos y sus complacidos consumidores.
Mientras aparecían productos que resolvían las nuevas necesidades, aquellos cuentacuentos siguieron produciendo relatos que el público consumía con placer.
En sociedades cada vez más complejas, la aparición de la escritura fue producto de la necesidad de comunicarse, y los consumidores se multiplicaron. La invención de la imprenta convirtió los relatos en literatura y a los narradores en autores. Mientras el mundo experimentaba una fuerte aceleración industrial y técnica, las bibliotecas agregaron más productos, y los libros atrajeron más consumidores.
A causa de las necesidades, las obligaciones y las ofertas de la vida moderna, surgieron en el mercado mundial nuevos productos que atrajeron, sedujeron y desconcertaron al consumidor que, ante tanta variedad, sintió una ansiedad que antes desconocía.
En el siglo pasado, autores y lectores producían y consumían libros que llegaban a las bibliotecas caseras que los niños y adolescentes, por curiosidad, por instinto o por placer disfrutaban acariciando las páginas más apreciadas.
Hasta que aparecieron los teléfonos celulares que, junto con la inteligencia artificial, sorprendieron a los atentos consumidores. Ahora es posible conversar con la computadora, enamorarse de un robot o sentir adicción por una pantalla que vive en las manos de sus videolectores. Los libros se enfrentaron a un producto alternativo que podría hacerlos desaparecer.
La comunicación personal se realiza, ahora, por mensajes de texto cifrados en los teléfonos móviles que prescinden del rico lenguaje, oral o escrito. Hay palabras que cayeron en desuso y que las nuevas generaciones nunca escucharon ni pronunciarán.
El placer de leer se convirtió en la ansiedad por conectarse y el consumo de lecturas, en la adicción de enredarse en las redes. Dios salve al libro.
El autor es arquitecto.