Las olas y el viento... y el frío del mar...
Hace poco, fuimos unos días a la playa. Poquitos, como nos gusta. Con más protector solar que bronceador. Con más medicinas que snacks. Con más repelente que loción humectante. Fer y yo, tomados la mano, no corrimos hacia el agua, como en aquellos anuncios de parejas veraniegas, sino más bien como si los personajes de Up fueran a la playa: pasito a paso.
Buscamos la sombra más tupida, un tronco estratégico, y nos sentamos a contemplar aquel gigante de agua. Y se nos hizo inevitable rebobinar hacia aquellos viajes fantásticos, en que nos vemos de niños, corriendo como demonios hacia la mar, cuando el viaje era en tren o en un carro viejo abarrotado de familia y vecinos, porque había que aprovechar el ride.
Y nos vemos corriendo, al tiempo que vámonos quitándonos la ropa, despreocupados de la marea, las mantarrayas, los cocodrilos o las corrientes marinas. Empezamos a retar a las olas a que nos tumben, por arriba o por abajo, para después alardear de las mil revolcadas. El mar también es un niño y juega. No está enojado, ni resentido por todo lo que le hemos hecho.
¿Trajes de baño? Con mucha suerte. Las más de las veces, para los hombres, un pantaloncillo recortado en las patas, y las mujeres, para no perder el recato, calzones y camiseta que combinen.
Mamá y abuela cocían una docena de huevos, y alistaban frijoles molidos con tortillas, y un arroz que no se pusiera “joco” con el calor. No faltaba la olla con picadillo y el limpión colorido que le sujetaba la tapa.
Un botellón de agua dulce con limón nos aplacaba la espantosa sed y un kilometreado termo de café pelando aguardaba celoso el puchito para que los adultos “se entonaran” antes del regreso. Era un viaje de un día para los que no teníamos familia en el Puerto.
Otros, más afortunados, se quedaban en pensiones o casas, y pasaban hablando de la “semana en la playa” por años. La cosa era ir un ratico al mar, tesoro de dioses. Era una operación que conllevaba meses de preparación cuidadosa, porque allí, según nuestros tatas, todo era carísimo y ¡cuidado con pedir algún pato inflable o un balde para hacer castillos de arena! Si desafiábamos la orden, la torcida de ojos o el pellizco no se hacían esperar.
Por eso, muchos llevaban un neumático de camión inflado con el que se lanzaban al océano, a riesgo de perder la ruta de vuelta y naufragar en un insólito destino.
¿Cuál bronceador o aceitico? Salíamos como camarones: rojos, rojos. Nos secaban con un paño que sentíamos como lija número 10 en el pellejo todo asoleado. Mamá nos sacudía la arena seca como si fuéramos librero viejo, porque una ducha, ¿para qué?, “si ahoritica llegamos a la casa”.

Dios guarde meterse al agua después de almorzar por el riesgo de sufrir una congestión (dícese de infarto para los viejos que se metían al mar después de tomar ron colorado toda la mañana). Y el recuerdo del paseo duraba todo el año. Duraba toda la vida, porque se iba al mar solo cuando se podía, no como en estos días, cuando todos deciden hacer lo mismo para hacer algo diferente y colapsan las carreteras y parte del paseo es pasar dos días en el parqueo de la pista.
Pero la magia, la verdadera magia, está en el gran amor de nuestros tatas, que sacan de donde no hay para que sus güilillas tengan algo que contar.
Nos cuidaban desde la playa. Regañaban al primo osado. Nos repetían que no dejáramos a los más pequeños “meterse muy adentro”. Todo, a “grito pelao”.
Yo puedo ver a mamá, siempre atenta, haciendo una sombra con la mano para asegurarse de que aún respiraba. Y agradezco que no se metiera conmigo, porque me tomaba tan fuerte que mis dedillos parecían salchichas de lata, atrapados en su mano protectora.
Las artífices de toda la película eran nuestras mamás, abuelas y tías, que se esmeraban para que toda la familia disfrutara de un ratico de sol y arena, sin gastar tanto, aunque eso les generara más trabajo del que ya tenían.
Fer y yo despertamos del sueño, aunque no estemos dormidos. De pronto, el mar tiene canas, como nosotros. Nos trata con cuidado; nos pregunta por qué tardamos tanto en volver. Nos cuenta que él también se ha hecho viejo y sabio como un marino errante, pero que no se cansa de jugar si nosotros también lo retamos.
Lo que daríamos por tener la energía de entonces y lanzarnos al inmenso charco como si no hubiese un mañana.
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Ana Coralia Fernández es periodista y narradora oral.
