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El país de las filias, las fobias y los bloques irreconciliables

La democracia no puede sostenerse cuando las diferencias políticas convierten a los ciudadanos en enemigos y destruyen la posibilidad de diálogo

Polarización, confrontación, crisis política, país dividido
Polarización, confrontación, crisis política, país dividido Shutterstock
Polarización, confrontación, crisis política, país dividido
El discrepante sigue siendo un interlocutor. Alguien con quien se intercambian ideas y con quien se dialoga. Alguien que merece respeto, por álgida y delicada que sea la controversia. (Shutterstock/Imagen)

La construcción de un espacio democrático coherente y verdadero exige que los ciudadanos intervengan en una comunidad dialógica y demuestren un compromiso explícito de participación pacífica en la esfera pública. Que sean ejemplo de una actitud positiva y receptiva, vinculada con la posibilidad de escuchar al otro, de atender sus necesidades y de ser capaces de ponerse en su lugar con el fin de construir un consenso valorativo. Toda sociedad debería ser un ámbito pacífico de colaboración común.

Se dice que una sociedad libre necesita de fuertes convicciones, serios desacuerdos y ásperas discusiones. Algo que estamos ya viviendo. Lo que no podemos perder de vista es que el discrepante sigue siendo un interlocutor. Alguien con quien se intercambian ideas y con quien se dialoga. Alguien que merece respeto, por álgida y delicada que sea la controversia. Ello requiere de una gran estatura moral.

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