
La construcción de un espacio democrático coherente y verdadero exige que los ciudadanos intervengan en una comunidad dialógica y demuestren un compromiso explícito de participación pacífica en la esfera pública. Que sean ejemplo de una actitud positiva y receptiva, vinculada con la posibilidad de escuchar al otro, de atender sus necesidades y de ser capaces de ponerse en su lugar con el fin de construir un consenso valorativo. Toda sociedad debería ser un ámbito pacífico de colaboración común.
Se dice que una sociedad libre necesita de fuertes convicciones, serios desacuerdos y ásperas discusiones. Algo que estamos ya viviendo. Lo que no podemos perder de vista es que el discrepante sigue siendo un interlocutor. Alguien con quien se intercambian ideas y con quien se dialoga. Alguien que merece respeto, por álgida y delicada que sea la controversia. Ello requiere de una gran estatura moral.
La ciudadanía de un país nace y crece de abajo hacia arriba. Los ciudadanos se comprenden primero como personas desde el ejercicio de su inteligencia, su libertad y sus operaciones. La familia y las instituciones educativas son claves en este desarrollo.
La escuela es la madre de todas las integraciones. Un entorno escolar debe promover relaciones de cooperación, de apertura y tolerancia. El debate, un gran ejercicio que debemos fortalecer en los estudiantes, se empobrece cuando vivimos en sociedades divididas en bloques irreconciliables. En filias y fobias.
Lo público ha de ser el ágora del debate argumentado. La lógica tribal no juzga el valor de las ideas, no atiende a su contenido. Las “tribus políticas” prescinden de toda racionalidad pues simplifican y excluyen. Fuera de su territorio, solo hay enemigos, adversarios que combatir.
Ello divide y polariza una sociedad. Pone en peligro la democracia y puede conducir a una dictadura o régimen autoritario que carece de toda racionalidad comunicativa. No perdamos de vista que la racionalidad es inherente a la comunicación. La crisis de la democracia es, ante todo, una crisis de la escucha.
Nuestra identidad no se comprende sin alteridad. Escuchar es uno de los mayores actos políticos. Quien escucha es capaz de crear un “nosotros”. Solo escuchándonos comprenderemos realmente quiénes somos. Ya los griegos lo decían: el rechazo a la escucha suele conducir al error o la tragedia. Homero, en su egregio personaje de Odiseo, nos revela cómo la escucha es una de las habilidades que le permite sobrevivir y regresar finalmente a Ítaca. Regresar a su origen.
Prestar atención es una virtud ligada a la inteligencia, a la prudencia y al aprendizaje. La comunicación debe estar orientada al entendimiento, no a la confrontación. Hacemos política para ser libres, para proteger nuestras libertades fundamentales.
No en vano fue un papa polaco el que, bastante antes de caer el muro de Berlín, lanzó unas palabras a Europa en Santiago de Compostela: “Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes”.
Pienso que el eco de aquellas palabras resuena hoy en nuestra querida Costa Rica porque nuestra crisis quizá sea una crisis de identidad.
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Helena Fonseca Ospina es administradora de negocios.
