
El Concierto n.º 5 para piano y orquesta, op. 73, conocido como Emperador, se erige como una cumbre absoluta del repertorio pianístico. Quienes transitamos los senderos de la música académica –sean intérpretes o devotos oyentes– coincidimos en la magnificencia y el torrente emocional que emana de esta partitura.
Sus tres movimientos despliegan una arquitectura sonora fascinante. El primero, un Allegro impetuoso, se abre como una obertura a la gloria, alternando su bravura con un tema de una delicadeza casi frágil, donde los pizzicatos evocan la magia de una caja de música. El segundo movimiento, el Adagio un poco mosso, es un haz de luz divina, un bálsamo para el espíritu y, quizá, uno de los pasajes lentos más conmovedores jamás escritos. Finalmente, el Rondó retoma el aire de victoria, cerrando la obra con la gallardía de un conquistador que regresa tras la batalla.
El origen del apodo Emperador permanece envuelto en el misterio. Es bien conocida la turbulenta relación de Beethoven con la política: su inicial admiración por Napoleón, plasmada en la dedicatoria de la Heroica, se transformó en una profunda decepción que lo llevó a tachar su nombre del papel. Esa lucha entre los ideales de libertad y la crudeza de los tiempos convulsos resuena hoy con una vigencia inquietante.
Como afirmaba Dostoievski: “La historia es monótona: todo son batallas. Se batalla hoy, se batalló ayer y se batallará mañana”. Siglo y medio después, aunque el contexto sea distinto, las sensaciones que despierta Beethoven nos confirman que el alma humana sigue buscando lo mismo.
A la música
Recientemente, la Orquesta Sinfónica Nacional inauguró su temporada en un Teatro Nacional que, por pura resistencia –tras un fracaso patético de restauración–, aún se mantiene en pie. Aunque su estructura física clame por auxilio, lo que acontece entre sus muros sigue siendo un milagro.
Era viernes por la noche y no faltaban las habituales presas de San José. A mi lado, en la penumbra de la sala, se encontraba un niño de diez años con una aparente condición de autismo. Desde tempranas horas de la tarde, había viajado junto con su padre desde una remota comunidad del Caribe. Cruzaron el Zurquí para llegar a la capital –¡casi 5 horas!– con un objetivo clarísimo: escuchar la versión en vivo del concierto Emperador de Beethoven interpretada por la Sinfónica Nacional.
Por lo que me comentan, la vida del menor transcurre entre el estudio y un teclado en el Sinem de su localidad, donde está aprendiendo piano y es feliz; su mundo son las teclas y las grabaciones de los grandes maestros que descubre en Internet.
Pero esa noche era distinta. Su rostro estaba iluminado por la ilusión de conocer nuestra joya arquitectónica y poder contemplar a toda una orquesta, con una pianista solista. Fue una experiencia que, sospecho, quedará grabada en su memoria para siempre.
Este esfuerzo resulta conmovedor y atípico. Mientras muchos niños de su edad sucumben a la alienación, o se ven vulnerables ante la ola de violencia que azota nuestras comunidades, él encontró refugio en el arte. En una Costa Rica donde los crímenes se han vuelto noticia cotidiana, incluso dentro de los centros educativos, la figura de un niño ilusionado por un concierto de piano es un acto de resistencia.
Quizá la solución a nuestras crisis sociales no resida estrictamente en una sonata o una sinfonía, pero estas son un vehículo que eleva el espíritu. Y resultó inevitable asociar la escena con ternura e inocencia: un niño feliz e ilusionado por escuchar un concierto de música clásica. Un niño que, esperamos, esté lejos y a salvo de realidades que amenazan fuertemente a nuestra sociedad.
Bien dijo Dostoievski: “La belleza salvará al mundo”. Existe una chispa divina en la cultura, pues la educación y el conocimiento son las únicas rutas capaces de evadir lo grotesco. Es en la belleza donde se encuentran la verdad y la esperanza.
Entre violines, violas, violoncellos, cornos, fagots, clarinetes, flautas, timbales y un piano en el centro de San José, se encendió la ilusión. Todos los presentes en las butacas del Teatro podíamos ser desconocidos, pero estábamos en la búsqueda de lo mismo.
La cultura no es un lujo; es una necesidad vital. Aquella mítica frase de don Pepe, “¿Para qué tractores si no hay violines?”, nos devuelve a las prioridades esenciales. Invertir en cultura y educación es apostar por el éxito humano, un camino largo pero seguro.
Beethoven compuso estas páginas mientras las bombas caían a su alrededor, utilizando la belleza como un búnker contra la barbarie. Hoy, ese mismo refugio nos permite no solo salvarnos de nuestras propias miserias, sino sanar las heridas de un mundo que urge recuperarse. Que todos, algún día, tengamos el acceso y la sensibilidad para encontrar ese sentido.
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Josué Arias Hernández es profesor de educación primaria.