
Quienes aspiran a obtener el favor del pueblo harían bien en comprender que la política no se mide únicamente por la acción, sino también, y de manera decisiva, por la forma. No basta con hacer; importa cómo se hace. En ese sentido, la figura del lobo ofrece una metáfora útil para reflexionar sobre el liderazgo político, más allá de consignas, poses o gestos efectistas.
El lobo no actúa por impulso ni busca protagonismo. Observa, evalúa y decide con plena conciencia de su entorno. Su fuerza no reside en la estridencia, sino en la coherencia entre instinto, inteligencia y propósito.
Trasladado al ámbito político, ello implica que el liderazgo auténtico no se construye desde la improvisación ni desde el aplauso inmediato, sino desde la responsabilidad, la visión de largo plazo y la consistencia ética.
La política contemporánea, sin embargo, suele privilegiar el ruido sobre el contenido. Discursos moldeados por encuestas, decisiones guiadas por tendencias momentáneas y una permanente necesidad de aprobación pública han debilitado la noción misma de liderazgo. Se confunde popularidad con legitimidad y cercanía, con falta de criterio.
El lobo no mendiga aprobación: la inspira. No impone su autoridad; la ejerce con naturalidad porque es reconocida. En política, esa diferencia resulta fundamental.
Gobernar no consiste en seguir a la multitud, sino en ser capaz de marcar rumbo cuando la multitud duda, se fragmenta o se extravía. Ello exige carácter, incluso cuando la decisión correcta no es la más cómoda ni la más rentable en términos electorales.
Asumir una actitud de lobo en política no significa despreciar al pueblo. Por el contrario, supone respetarlo lo suficiente como para no engañarlo. Implica no prometer lo imposible, no disfrazar la debilidad de empatía ni la improvisación de cercanía. Significa hablar con honestidad, aun cuando el mensaje resulte incómodo o impopular.
Existe también una ética en esta metáfora. El lobo protege a los suyos, no abandona la manada por conveniencia y no depreda más de lo necesario. En tiempos en que la política corre el riesgo de convertirse en espectáculo permanente y el poder en un fin en sí mismo, recuperar esa ética resulta indispensable.
El favor del pueblo no se obtiene complaciendo a todos, sino siendo confiable. No se gana gritando más fuerte, sino viendo más lejos. No se consolida siguiendo a la masa, sino asumiendo la responsabilidad de conducir cuando es necesario.
La política democrática necesita menos gestos vacíos y más liderazgo consciente. Menos ruido y más forma. Porque, al final, las sociedades no siguen indefinidamente a quien promete protección, sino a quien demuestra, con hechos y con carácter, que sabe avanzar sin perder el rumbo, incluso en la noche.
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Ferdinand von Herold es abogado.