
Podría afirmarse que el Suplemento Áncora del Periódico La Nación del domingo 12 de julio es una página histórica, pues informa del reciente nombramiento de la filóloga Estrella Cartín como la primera mujer en dirigir la Academia Costarricense de la Lengua.
No obstante, después de leer la entrevista, queda un sabor agridulce. Se transita desde una alegría inicial hacia la decepción. Percibimos incluso, una contradicción en la misma, por cuanto dice doña Estrella, que “aunque no es feminista a ultranza”, reconoce que en nuestra sociedad “a la mujer no se le ha dado tanta relevancia” trayéndonos además al presente, a Penélope y a un Telémaco que la reprende: “Tú, cállate y vete al lugar que te corresponde, el telar y la rueca”.
Molesta ortodoxia.- La lectura hasta ahí generaba esperanza. A partir de la pregunta que le hace el periodista sobre qué piensa del lenguaje inclusivo o de género, aflora la contradicción y la ortodoxia.
Dice la filóloga : “Es cierto que la lengua refleja (sic) la sociedad: si la sociedad ha sido machista, la lengua puede reflejar el machismo; pero yo me pregunto: cambiando la lengua, ¿cambiaremos la sociedad? No. El día en que cambie la sociedad, esto se reflejará en el idioma”.
La respuesta nos induce a pensar sobre los tiempos en los que vivimos.
Para quienes impulsamos los derechos de las mujeres y en particular, la equidad y la igualdad de género, la respuesta es contraria a lo dicho por la filóloga; es decir, en la medida en la que se cambie la forma de nombrar la realidad, así será el impacto sobre ella, así también se harán visibles las discriminaciones y la falta de oportunidades de las mujeres, porque el lenguaje nos da cuenta del sexismo y el androcentrismo existentes.
El sexismo lingüístico español no se debe a la lengua en sí, sino al mal uso de la misma. La diferenciación sexual ya está dada en el mundo, no es el lenguaje quien la crea.
Desmerecer los avances de las mujeres cuando se afirma que “el lenguaje hay que respetarlo, amarlo y cuidarlo” y que el lenguaje de género “no es la forma de luchar por la mujer” ni la forma en que se mejora el estado de la misma, es deslegitimar y hasta pecar de ignorancia acerca de lo que se ha logrado en esta materia en el país y en el planeta.
Las brechas de género se evidencian haciendo visibles los datos que se refieren a las mujeres y los hombres; así, al ver frente a nuestros ojos los tremendos desbalances en el uso de los recursos de nuestra nación, se han impulsado medidas correctivas en los mecanismos del Estado gracias también a la buena voluntad de quienes abren su mente a nuevos conocimientos.
Retraso.- Si el idioma, como dice doña Estrella, refleja el modo existencial de una comunidad y toda su peripecia histórica, se debería reconocer que la Academia y la realidad caminan por universos paralelos o con tiempos diferentes, pues como lo plantea UNESCO al decir que, la Real Academia Española realiza una labor fundamental y necesaria para evitar la desagregación del idioma, pero también tiene sus aspectos retardatarios.
El purismo a ultranza y la cautela con la que actúan ha llevado a rechazar o a tardar en aprobar términos o expresiones sancionadas desde mucho tiempo por el uso hablado o incluso el escrito de la lengua, el mejor ejemplo de esto es la lentitud con que actuaron en aprobar e incluir en el Diccionario los nombres femeninos que indican profesión, oficio o cargo.
Reconocemos el uso cada vez más amplio de los manuales para un uso no sexista del lenguaje que nos salva de las trampas de los genéricos pues como lo dice la filóloga costarricense Yadira Calvo Fajardo “una explícita orden de guardar silencio ha difamado por siglos el habla de las mujeres, calificada como cháchara y vana parlanchinería, porque callar es aceptar y el patriarcado no quiere disidentes (…) Pero el mandato de callar no es el único problema que nosotras afrontamos con relación a las palabras. Maridado con el pensamiento, puesto a su servicio y servido por él, el lenguaje ha bebido también secular o milenariamente de las mismas aguas larvadas de monosexismo, contribuyendo así a través del poder que esgrime contra las mujeres, a mantener siempre vivo el estigma de la feminidad”.