Decía el rey Salomón, que “donde hay soberbia, allí habrá ignorancia; mas donde hay humildad, habrá sabiduría”; y en estos días, el lugar óptimo para encontrar esa soberbia es en la entrada de la Defensoría de los Habitantes. Ahí se ha ubicado un pequeño grupo de personas que a punta de micrófono y un sistema de sonido (para escucharse grande, sin serlo) ofende también en grande y sin respeto alguno, a la nueva Defensora de los Habitantes, pisoteando con ello su dignidad como persona, fundamento ineludible de los derechos humanos.
Esta gente, tal vez por tradición o quizá ignorancia, ha dicho en los medios de prensa que su manifestación sería pacífica y acorde con la doctrina de la no violencia del maestro Mahatma Gandhi; sin embargo, nada más alejado de la realidad. Este hombre que rendía culto al respeto del prójimo y que exigía, mediante la resistencia pacífica, el respeto de la dignidad humana y de los derechos de su pueblo ante el imperio británico, rechazaba con severidad cualquier manifestación de violencia, repudiaba la discriminación, la intolerancia, la retórica incauta y ofensiva; y la crueldad humana a la hora de ejercer el poder.
De tal suerte, lo que ha sucedido en la entrada de la Defensoría ha de ser una de dos cosas: o es mentira que conocen esta doctrina, o bien, se refugian descaradamente en ella, para hacer todo lo contrario y montar un show mediático vulgar y ofensivo que da vergüenza, el cual incluye, por cierto, a algunos candidatos presidenciales, cuyo común denominador es su posibilidad absolutamente nula de ganar las próximas elecciones.
Malacrianza. Un despliegue de malacrianza y de falta de respeto de tales magnitudes, afecta nuestro derecho a trabajar en paz, produce contaminación sónica, no llama a nadie a la reflexión, no construye nada positivo y, por el contrario, genera rechazo y pone en evidencia que no es de su lado donde está realmente la humildad y la sabiduría que predican y exigen a la nueva Defensora. Además, muchos funcionarios y funcionarias de la Defensoría, nos sentimos afectados y también irrespetados por estos escándalos constantes a micrófono vivo y bajo el estandarte de una proverbial falta de respeto.
Por otro lado, valga decir que se trata de un pequeño grupo (desde todo punto de vista) que obliga a recordar el pasado. Trae de nuevo a algunos de los antaño “rostros en NO”, quienes hace apenas un rato eran corazones (también en NO), que gritaban la defensa de la democracia a todo galillo por las calles, mientras amenazaban con desconocer la voluntad popular, ya manifestada en las urnas electorales.
Está claro que en un país democrático, ellos –por pocos que sean– tienen derecho a decir lo que se les ocurra; y aunque ese pareciera ser el motor de su existencia, ahí no está el problema. El asunto es la forma en que lo hacen, pues las ofensas que son capaces de proferir contra la señora Taitelbaum, sorprenden y abruman; además de chabacanas, violentas y absolutamente irrespetuosas, nada tienen que ver con Gandhi y con cualquiera de sus ideas. Por ello, queda claro que son personas que no comprenden, ni en lo básico, el fundamento de los derechos humanos que dicen estar defendiendo; y tampoco entienden que usar como trinchera y tribuna para mancillar la dignidad de una persona, a la institución nacional que trabaja día a día por los derechos de los habitantes, es un crimen y una falta de respeto no solo para la nueva Defensora, sino, también, para todas las personas que laboramos aquí y para quienes sí creen en los derechos humanos.
Ya la elección quedó atrás; sigamos adelante, dejemos que la señora Taitelbaum haga su trabajo y luego valoremos su gestión. Entonces, no contemos los pollitos antes de que nazcan , pues si por la víspera se saca el día, tal parece que esta señora, quien con admirable dignidad y señorío ha tolerado ataques y faltas de respeto a su integridad profesional y humana, tiene también todo el temple y la visión necesarias para darle a la institución el rumbo de aquellos años dorados, cuando todas y todos éramos habitantes a secas, sin el No, el Sí o el quizá… de por medio.
Que la jerarca sea una exdiputada, ya lo vivimos; nos fue muy bien y la institución no dejó de pertenecernos jamás. Paremos esta violencia ya. Vivamos el presente, vayamos hacia delante y recordemos que al ser humano no lo define el lugar de donde viene, sino el rumbo que le imprima al horizonte de su futuro.