
La inteligencia artificial (IA) ya está automatizando tareas lo suficientemente bien como para que debamos tomarnos en serio el impacto que tendrá en nuestro país. Estas tecnologías no muestran señales claras de estar cerca de un límite y están impulsadas por incentivos económicos enormes.
El impacto en el mercado de trabajo no se deriva de que una IA pueda o no hacer el 100% de lo que hace un ser humano, sino de que haga de manera autónoma o semiautónoma ciertas tareas lo “suficientemente bien”. Así, con que se automatice el 10% de las labores de 10 personas, ya se elimina un puesto completo.
En esa misma dinámica, una persona experimentada puede delegar decenas de microtareas y pasar de ejecutor a torre de control de agentes de IA. Y no se trata solo de sus propias labores, sino de las tareas que anteriormente eran completadas por júniors en el inicio de su vida laboral. Aquí yace mi principal preocupación desde hace unos años.
Un ejemplo de esto se puede observar en la industria de la ingeniería de software. Si bien el ciclo macroeconómico pospandemia influye en la contratación, según Bloomberg, desde el 2022 y hasta la fecha, hay cerca de 13% menos puestos disponibles para ciertos perfiles de entrada en ocupaciones altamente expuestas a IA, incluyendo ingeniería de software, y un 54% de líderes de ingeniería afirman que esperan contratar cada vez menos talento en ese nivel (LeadDev).
El mayor valor del ser humano en este nuevo mundo, en especial en trabajos de cuello blanco, se centra en la capacidad humana de supervisar, validar, coordinar y decidir en escenarios complejos. El problema es que esas capacidades se construyen tradicionalmente a través de los años de experiencia, la comprensión profunda del oficio y una visión de mayor nivel.
El Instituto Nacional de Aprendizaje (INA) debería entrar aquí para adelantarse en ese hueco entre demanda y oferta de habilidades de jóvenes. Sin embargo, lejos de ser un faro de luz en este futuro tan incierto, nos llena de preguntas. En 2024, contó con un presupuesto anual superior a ¢154.000 millones, con un superávit acumulado, al cierre del 2024, cercano a los ¢223.000 millones. Dinero que sobra, año tras año, y se va acumulando, en lugar de ser utilizado.
Tal vez no necesita tanto dinero para cumplir su labor. El problema es que los resultados no lo respaldan. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), estamos en los últimos lugares en personas de 25 a 64 años cuyo máximo nivel es educación técnica o vocacional. Y aun así, entre 2014 y 2023, el INA graduó un 44% menos de personas. Hoy, el MEP gradúa más técnicos que el propio INA.
El rezago también es territorial: apenas el 13,4% de los egresados proviene de los distritos con menor desarrollo social. Y en educación dual, un modelo probado que combina formación en aula y experiencia en empresa, el rezago es aún más evidente: al año 2023, solo el 0,4% de los egresados salió de este esquema.
Tampoco el enfoque de la oferta académica parece responder a la realidad del mercado. Si el objetivo es facilitar empleo y emprendimiento en sectores de alto crecimiento, los datos no lo soportan. En las llamadas TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación), desde 2014 no ha variado de forma significativa la cantidad de graduados por año. En Turismo, el retroceso es mayor: pasamos de más de 2.000 personas graduadas a 500 por año.
Dado el peso del talento en nuestra economía, conviene comprender que esa acelerada automatización de tareas se centra principalmente en trabajos de cuello blanco como los shared services y en la robótica avanzada en manufactura. Costa Rica está particularmente expuesta en esas áreas: 43% de sus exportaciones son servicios; además, cerca del 13% del PIB depende de la manufactura, casi la mitad de las exportaciones se concentran en EE. UU. y figuramos entre los países con menor productividad laboral de la OCDE.
A esa realidad, se suma otra verdad incómoda. Pese a décadas de presencia de empresas como Intel y abundante talento especializado, ese conocimiento casi no se ha traducido en start-ups globales, y solo el 8% de los emprendimientos dinámicos se concentra en sectores donde sí tenemos ventaja comparativa, como biotecnología, dispositivos médicos y nuevos materiales y fármacos.
El INA tiene los recursos para convertirse en un sistema de inserción laboral. Su rol no debe ser adivinar qué enseñar, sino perfilar personas, alinear rutas técnicas con sectores estratégicos y garantizar empleabilidad. Para lograrlo, necesita romper inercias: escalar la educación dual, permitir que la industria defina las habilidades requeridas y delegar la capacitación técnica en terceros, con programas actualizados.
Su ejecución académica debe enfocarse en habilidades transversales como gestión, pensamiento crítico, diseño y planificación, además de las ya conocidas habilidades blandas. De hacerlo, el INA puede volverse un verdadero motor de movilidad social. De no hacerlo, seguirá acumulando recursos mientras el primer empleo desaparece.
En la era de la inteligencia artificial, el mayor riesgo no es que falte dinero, sino que falte dirección y acción.
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Walter Montes es director de Ingeniería de Software y cofundador de Primera Línea.