“Voy a ir a buscarlo y lo mato”, me aseguró, convencido de que ahora, ya con los nervios bien acomodados en el estuche del pecho, podría reconocerlo.
Lo puse en duda, pero no comenté nada; solo pregunté: “¿Y cómo va a saber cuál es?”. La respuesta fue rotunda: “Es el más grande”.
Las heridas del hombre, sobre todo las de las piernas, dejaban ver que no había pasado mucho tiempo desde el ataque que, como diría más adelante, por poco lo manda con san Pedro. Cerca del tobillo izquierdo tenía llagas abiertas, algunas tan grandes como las viejas monedas de quinientos. Los brazos no andaban lejos.
Le costaba caminar, pero se moría por volver al trabajo. “No puedo estar sin hacer nada”, afirmó en algún momento del rato que dedicó a hablar de los minutos por los cuales casi se le escurre la vida.

Al principio parecía callado, pero resultó hablantín. Relató fácilmente la historia con el lenguaje sin adornos de la gente del campo. “Me desperté en el hospital con las patas como un chuica”.
El hombre era muy delgado y tenía ojos cautelosos que, sin embargo, por momentos entraban en confianza. Cuando eso ocurría, las preguntas sobraban, se daba cuerda solo.

Lo conocí en una finca más allá del Tárcoles. Protegidos de la llovizna majadera por un galerón de zinc, nos sentamos y me contó cómo ocurrieron las cosas.
Una mañana se despertó con ganas de pescar y agarró hacia el Tulín en bicicleta. En cuanto llegó al río se metió. Todo era normal, iba confiado. “Estaba con el agua hasta aquí –señaló por encima de las rodillas–. De pronto sentí que el anzuelo se quedó pegado y comencé a jalarlo”.
No era raro que el anzuelo se enredara en el fondo y que costara zafarlo; ya le había pasado antes muchas veces, pero en esta algo era distinto. Como los tirones no conseguían liberarlo, se le ocurrió estirar una pierna y tratar de mover lo que pensaba que era un tronco necio.
“Entonces fue cuando sentí el ñangazo y me agarró”. El animal empezó a revolverse, vuelto un remolino endemoniado de cuchillas. “Me jalaba y me jalaba. Ese cocodrilo quería meterme en la cueva; si lo hubiera hecho, no salgo más”.
La muerte quizás pensó que aquel peón bajo y de carnes escasas sería fácil de vencer, pero el hombre se plantó. Empezó a golpear al animalón con las manos y en una de las tantas vueltas tuvo al alcance un leño y le dio por el hocico. El cocodrilo lo soltó y el hombre corrió hacia la orilla. Pensó que se había salvado, pero lo prensó de nuevo. Seguro de que aquel no era su día, de que no iba a morir devorado en mitad de un río tan familiar, el hombre peleó con más ganas.

En otro de los giros, el cocodrilo abrió mucho el hocico, quizás para morder con más fuerza, y el peón quedó libre y corrió de nuevo. “Salí como alma que lleva el diablo”. Cuando conversamos no tenía claro cómo pudo llegar al puente, donde había dejado la bicicleta. “Esa es la bici”, me explicó en el galerón, mostrándome un objeto tan insignificante que parecía incapaz de sostener todo el peso de las ganas de vivir de una persona.
Empapado, herido y sangrando, subió a la bicicleta y empezó a pedalear. “Estaba todo mareado, caí como a los cinco metros”. No recordaba más; lo siguiente que supo fue que despertó en el hospital, días después, con las piernas comidas a mordiscos.
El peón había visto cocodrilos en el Tulín, pero jamás pensó en un ataque. Cuando nos vimos, parecía sentirse traicionado y quizás por eso cocinaba tan a fuego lento la venganza. El río había sido durante años una fuente de buenos peces, un sitio sin sobresaltos donde las reses bebían sin temor. No entendía por qué aquella mañana le hizo una jugada tan fea.
–¿Y cuándo piensa ir a buscarlo? –le pregunté, casi por preguntar algo.
–Cuando las heridas estén cerradas.
Calculé que para que eso ocurriera, si las curaba como le habían mandado, podrían pasar cinco semanas.
-¿No le da miedo?
-Sí y no…
Mientras nos despedíamos me sentí tentado a tratar de disuadirlo, pero me frené. Nada podía aconsejarle un reportero a un campesino curtido, a un casi resucitado que, besando la cruz que formó con el pulgar y el índice, se prometió eliminar al animal al que ya había derrotado.
Pensé luego que la herida mayor de aquel hombre no estaba a la vista: era de esas que no curan las pomadas, sino de las que se pegan al orgullo como una plasta de barro seco.
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Ovidio Muñoz Corrales es periodista.
