
La producción cultural desempeña un papel primordial en la difusión de la hipocondría, de modo tal que una palabra propia del ámbito médico acabó por extenderse al lenguaje habitual.
El hipocondríaco no quiere estar enfermo, pero tiene la certeza de que lo está. La mera posibilidad de enfermar la convierte en una certidumbre. Se deja tranquilizar por los resultados positivos de un examen médico, hasta tener una recaída peor.
Es un paciente perpetuo, las más de las veces, de varios profesionales simultáneamente. Sin embargo, invalidarlos o colgarles un rótulo no ayuda a entenderlos más fácilmente.
Podría servir de apoyo conocer que el hipocondríaco perdió —o pierde por ratos—, o lo que es peor, no logra todavía tener confianza en su cuerpo. Hace mucho tiempo, la psiquiatría aclaró este punto y señaló que el hipocondríaco posee una particular manera de vivir el cuerpo y de habitar en él.
Esa particularidad suele ser reconocida debido a una serie de síntomas que podrían manifestarse de manera conjunta y en diversas proporciones, entre estos, preocupación exagerada por el cuerpo y la salud, resultado de la enorme concentración sobre el órgano que le preocupa; sospecha de enfermedad, que lo conduce a la certeza de que padece algún mal y siente dolores y muestra síntomas orgánicos; quejas desproporcionadas entre los síntomas que reconoce y su reacción frente a estos; y mucha desconfianza ante los otros y melancolía que refuerzan la naturaleza psíquica del hipocondríaco.
La debida atención sanitaria que requiere tropieza con la idea errónea y ampliamente difundida sobre la hipocondría: para ser hipocondríaco es necesario no tener ningún problema físico.
Quizás, el problema radica en que, en efecto, “tienen algo”, y ese algo los hace sentirse verdaderamente mal; sin embargo, la expresión de su malestar, es decir, sus quejas, son descomunales.
Sería atrevido presuponer que una persona disfruta viendo obsesivamente toda sensación en su cuerpo o del estado de alerta permanente, angustia y temor de su vida cotidiana. Porque esa amplificación somatosensorial la lleva a que un movimiento, un ruido o incluso un dolor característicos de la fisiología corporal “normal” se vuelvan padecimiento, duda, angustia y pregunta por la muerte.
“Con el cuerpo nunca se sabe” es la especulación angustiosa que enciende el aspecto obsesivo y es tierra fértil para la compulsión (en forma de rituales de reaseguramiento) que la acompaña. Aunque quisiera, no va a creer al médico, su duda es eterna y ya que su consciencia de finitud está exacerbada, cada sensación física conduce a ensayar la escena de su muerte muchas veces. Y, con ello, queda instaurado en su vida anímica el régimen de la obsesión y la duda.
La duda sobre su estado de salud provoca inseguridad en los resultados y las opiniones de los especialistas, y obliga a repetirlos una y otra vez, volviendo imposible el sosiego y temiendo la promesa de catástrofe implícita en el fenómeno hipocondríaco, por ejemplo, el miedo a enfermar de cáncer —en el caso de las mujeres— o sufrir un accidente cardíaco —en el de los hombres—.
En la mortificación de padecer el propio cuerpo, radica su pecado, su maldición y su castigo. Las cuerdas vocales de quien padece hipocondría denuncian el sufrimiento y son heridas por una perturbación que se niega a permanecer inconsciente y que es expresada, a través de la queja, en voz alta.
Para el psicólogo Joaquín Valonero, frente a la hipocondría, la tarea del terapeuta será, en cierto modo, restaurar el habla y devolver el uso de la palabra, teniendo en la escena terapéutica el miedo a la muerte como telón de fondo.
De igual manera, sería interesante incluir, en una tentativa de tratamiento, la idea de que quien padece hipocondría es martirizado por un sentimiento inconsciente de culpa y la necesidad de castigo que surge como consecuencia, por cuanto la enfermedad sería el intento, sin duda fallido, de restaurar algún equilibrio.
La autora es psicóloga y psicoanalista.