
Un domingo, como tantos, llegamos a desayunar a casa de mis suegros. Como de costumbre, salí al jardín a admirar las plantas que crecen como si toda la suntuosidad del trópico se concentrara en ese pedacito de Santo Domingo de Heredia. Siempre me maravilla que, sea lo que sea que mi suegro decida sembrar, le pega. Dedos verdes, lo llaman los anglosajones.
Esa habilidad, en cambio, no es la mía.
Por eso, cuando me dijo que tenía una matita para mí, se adelantó:
—No se preocupe, le va a pegar. Además, le van a llegar mariposas.
Tenía dos plantitas listas, envueltas en una bolsa plástica, sin tierra, con las raíces protegidas en una toalla de papel humedecida. Me las alcanzó y añadió:
—Fíjese debajo de las hojas. Llevan huevos muy pequeñitos.
Después vino la advertencia, con el conocimiento del campesino urbano:
—Se le va a llenar de orugas. Y la mata se va a pelar. Queda fea. Varejonuda.
No supo decirme cómo se llamaba. Tampoco hacía falta. Las florecitas –pequeñas, encendidas, entre amarillas y anaranjadas– bastaban. Y la idea de tener mariposas en el jardín inclinó la balanza.
Hace cuatro años, esas plantitas llegaron a Tres Ríos. Las sembré en un sitio soleado y, al día siguiente, como si se hubiera corrido la voz, llegaron monarcas. Revoloteaban sin pausa, en un coqueteo exagerado: iban y venían, se posaban y volvían.
Poco después, aparecieron las orugas.
Había algo en sus colores –amarillo, blanco y negro–, en sus franjas tan definidas, que hacía pensar que de ahí podía salir algo hermoso. Al menos para los iniciados en el secreto de la metamorfosis. Quienes no lo están, podrían tomarlas por una plaga y exterminarlas.
Sin nada que temer, nuestras orugas avanzaban y devoraban. Se comían las hojas de nuestra nueva planta, una por una, con una minucia impecable. También las vainas, donde se acumulan las semillas equipadas con fibras suaves para salir volando.
Llevé a mis hijas a verlas. Recordamos ese cuento que leíamos una y otra vez cuando eran pequeñas: La oruga muy hambrienta. Come fresas, peras, queso suizo, queque de chocolate. Crece y crece, hasta casi reventar. Y entonces llega el dolor de estómago. Al final, decide comerse una hoja. La opción light.
Las nuestras, mientras tanto, seguían con su menú único y apetitoso.
Nos quedamos viéndolas, entre la complicidad y la fascinación, como si el cuento se hubiera venido a vivir a nuestro jardín. Pocos días después, tal como lo había anticipado mi suegro, una de las plantas quedó reducida a tallos. Luego volvieron las hojas. La planta resiste: está diseñada, justamente, para convivir con esa pérdida.
Entretanto, las gallinas picoteaban el jardín en busca de insectos, sin tocar a las orugas. Las zompopas pasaban de largo y partían en pedacitos otras plantas cercanas.
En un libro que consulto a menudo, Plantas nativas para el control de la erosión, encontré información sobre la planta. Tiene varios nombres. Dos elogiosos –bailarina y algodoncillo–. Otros menos generosos: leche vaca, viborana, matacaballo.
“Leche vaca” se explica fácil: al cortar el tallo, brota un látex blanco. Pero viborana y matacaballo cuentan una historia sobre sus efectos en animales que la reconocen y evitan. Si pueden.
La planta produce unos compuestos que alteran el funcionamiento del corazón llamados cardenólidos. Una defensa eficaz, salvo para las orugas de la monarca, que no se dan por aludidas.
Ellas no solo se alimentan de la viborana –yo la llamaré así– sino que incorporan esos compuestos. Y al emerger como mariposas, esa química permanece. Sus colores –anaranjado, negro y blanco– advierten: no soy una buena idea.
Las monarcas que vemos en Costa Rica no llegan por azar: buscan plantas del grupo de la viborana, donde pueden dejar sus huevos. Hay varias especies, pero basta una planta para que aparezcan. Sin esas hojas, no hay orugas; sin orugas, no hay mariposas.
En el norte del continente, esa dependencia las empuja a recorrer miles de kilómetros cuando el frío borra las plantas. Aquí, el movimiento es más discreto, pero responde a la misma lógica.
Hace unos meses, algunas viboranas viajaron de nuevo con nosotros. De Tres Ríos pasaron a Curridabat. Y con ellas, otra vez, ocurrió lo mismo: llegaron las monarcas y las orugas.
Hoy el jardín sigue su curso. Gracias a las viboranas, las mariposas atraviesan el espacio, las hojas van y vienen, las orugas completan su ciclo.
Y cuando veo las plantas sin hojas, soy más feliz. Y aún más si alguien quisiera pasar a llevarse una, o dos.
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Emma Tristán es geóloga y consultora ambiental.