
Dos señoras que ya peinan canas, pensionadas y muy católicas, de una comunidad cafetalera de las afueras de la Gran Área Metropolitana normalizan la verborrea del presidente Rodrigo Chaves en contra de la prensa, los diputados, la contralora y hasta de un obispo, mediante la expresión: “él habla así”.
Después de 20 años de docencia impartiendo cursos de Comunicación, semejante justificación de estas señoras –amigas y queridas– me lleva a hacer un llamado urgente a esa parte de la ciudadanía costarricense que ya ve como normal que el primer ciudadano desacredite a alguien o culpe a una institución cada vez que abre la boca. Una receta que, por cierto, en lo poco que hemos podido ver, la candidata oficialista repite, repite y repite.
La violencia de nuestras palabras es un primer paso para justificar una sociedad en la que “un salvador” se arroga la ruta para gobernarnos sin diálogo ni respeto a las diversidades. Hay ejemplos de sobra con solo cruzar hacia el norte o el sur de nuestras fronteras.
Aplaudir que “él habla así” es tener un estándar ético muy bajo del significado que le damos al honor y la responsabilidad de ocupar la presidencia de la República.
Repetir que “él habla así” revela una reflexión muy superficial sobre el compromiso ciudadano de preocuparse por las propuestas de campaña, ver los debates y opinar con un poquito de información sobre esta coyuntura electoral antes de ir a las urnas.
Cuando decimos “él habla así”, recordamos aquella expresión similar a la que todos hemos recurrido cuando no reconocemos nuestras miserias y nos justificamos en el “yo soy así”, del cual muchas veces no podemos ni queremos escapar.
El lenguaje incluye o excluye a los demás y, por cierto, la Costa Rica del siglo XXI es un país muy amplio y diverso. Además, el lenguaje facilita o bloquea la negociación, un instrumento necesario para resolver las necesidades de agricultores, empresas trasnacionales, mujeres emprendedoras y un largo etcétera. El lenguaje provoca u obstruye que las políticas públicas impulsen cambios, ojalá en favor de la seguridad ciudadana, la educación y la salud.
Las palabras respetuosas, constructivas y firmes –porque no hablo aquí del “plato de babas” del que todos estamos hartos– están del lado de la democracia, un sistema de gobierno y también de convivencia cotidiana.
La democracia, siempre perfectible, jamás estará en sintonía con quien simplemente “habla así”.
alevajo@gmail.com
Alejandro Vargas Johansson es periodista y profesor de la UCR.