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El gran error de la oposición: hacerle el juego al gobierno

En política contemporánea, la atención es poder, y nada alimenta más una narrativa que la indignación permanente de sus adversarios

El que odia no se compadecería ante ninguna cosa, no quiere que exista aquel a quien odia.
Los discursos extremistas llevan al despliegue de manifestaciones de odio, fenómenos que, en ocasiones, rasgan el tejido discursivo y se traducen en violencia extrema.
El que odia no se compadecería ante ninguna cosa, no quiere que exista aquel a quien odia.
Cuando la oposición responde de inmediato y en los mismos términos, el debate deja de girar en torno a soluciones y se convierte en un “dime que te diré” estéril. (Shutterstock)

Durante los últimos cuatro años, la dinámica política nacional ha caído en una paradoja inquietante: quienes adversan al gobierno (partidos de oposición y medios no afines) han terminado siendo la principal caja de resonancia de sus propuestas más estridentes, de sus exabruptos y de sus ofensivas verbales contra instituciones fundamentales del Estado.

Cada declaración provocadora, cada ocurrencia sin viabilidad jurídica o política, cada ataque a órganos constitucionales, ha sido amplificado con intensidad, reproducido en titulares, mesas redondas y debates interminables. El resultado ha sido un ciclo de retroalimentación que beneficia precisamente a quien formula la provocación inicial. En política contemporánea, la atención es poder, y nada alimenta más una narrativa que la indignación permanente de sus adversarios.

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