
Durante los últimos cuatro años, la dinámica política nacional ha caído en una paradoja inquietante: quienes adversan al gobierno (partidos de oposición y medios no afines) han terminado siendo la principal caja de resonancia de sus propuestas más estridentes, de sus exabruptos y de sus ofensivas verbales contra instituciones fundamentales del Estado.
Cada declaración provocadora, cada ocurrencia sin viabilidad jurídica o política, cada ataque a órganos constitucionales, ha sido amplificado con intensidad, reproducido en titulares, mesas redondas y debates interminables. El resultado ha sido un ciclo de retroalimentación que beneficia precisamente a quien formula la provocación inicial. En política contemporánea, la atención es poder, y nada alimenta más una narrativa que la indignación permanente de sus adversarios.
No se trata de renunciar a la crítica –la fiscalización es esencia de la democracia–, sino de cuestionar la estrategia. Cuando la oposición responde de inmediato y en los mismos términos, el debate deja de girar en torno a soluciones y se convierte en un “dime que te diré” estéril. La agenda pública pasa entonces a estar dictada no por las prioridades nacionales, sino por la última frase altisonante.
Un ejemplo emblemático fue el planteamiento absurdo de la llegada de una supuesta “tercera república”, por parte de la recién electa presidenta del país. Durante más de dos semanas, el país asistió a un despliegue mediático intenso: análisis constitucionales, especulaciones políticas, discusiones encendidas. Se dedicaron horas de radio y televisión, páginas de prensa y miles de publicaciones en redes sociales a debatir una propuesta cuya viabilidad jurídica era, en el mejor de los casos, remota. Mientras tanto, problemas urgentes (seguridad ciudadana, costo de la vida, empleo, sostenibilidad fiscal, deterioro educativo) quedaron relegados a un segundo plano.
¿Quién ganó con esa discusión? Ciertamente, no el país.
Cuando la oposición convierte cada provocación en tema central, contribuye involuntariamente a consolidar una narrativa de confrontación permanente. Y en ese terreno, el estilo confrontativo suele tener ventaja. La política se transforma en espectáculo; la institucionalidad, en blanco de ataques reiterados, y la ciudadanía, en espectadora de un intercambio de reproches que no mejora su vida cotidiana.
Costa Rica enfrenta desafíos reales y complejos. La inseguridad no se combate con declaraciones cruzadas, sino con políticas integrales y coordinación interinstitucional. La reactivación económica requiere propuestas técnicas serias, acuerdos legislativos y visión de largo plazo. El fortalecimiento del sistema educativo demanda planificación y recursos sostenidos. En cada uno de estos frentes, la oposición tiene la oportunidad –y la responsabilidad– de presentar alternativas claras, viables y bien fundamentadas.
La crítica eficaz no es la que reacciona con mayor estridencia, sino la que desmonta con argumentos y propone rutas distintas. Es posible señalar inconsistencias sin caer en la trampa del enfrentamiento permanente. Es posible defender la institucionalidad sin amplificar cada descalificación. Es posible, incluso, ignorar lo que carece de sustento.
El sabio refrán popular lo resume con sencillez: “A palabras necias, oídos sordos”. No se trata de indiferencia frente a los asuntos públicos, sino de inteligencia estratégica. No toda declaración merece el mismo nivel de atención. No toda provocación debe convertirse en tema nacional. En ocasiones, la mejor respuesta es el trabajo silencioso y sostenido.
La oposición que aspire a gobernar debe demostrar capacidad de gestión antes de llegar al poder. Eso implica construir propuestas, tejer acuerdos, formar equipos técnicos y comunicar soluciones, no limitarse a reaccionar ante cada gesto del Ejecutivo. Implica disputar la agenda con ideas, no con indignación.
El país necesita menos eco y más contenido. Menos confrontación estéril y más políticas públicas concretas. Menos titulares efímeros y más soluciones duraderas.
En tiempos de polarización, la madurez democrática consiste en no dejarse arrastrar por el ruido. Porque cuando la política se reduce a un intercambio de agravios, todos perdemos. Y cuando la oposición decide elevar el nivel del debate y concentrarse en resolver problemas reales, gana la democracia entera y, con ello, nuestro país.
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Jaime E. García González es profesor catedrático jubilado UCR y UNED. Miembro de la Red de Coordinación en Biodiversidad.