
Hay formas de hablar que simulan ser explicaciones, pero en realidad operan como cierres. No buscan abrir un tema, sino clausurarlo. Hay preguntas que en el acto se contestan por quien las formula. Se presentan con la apariencia de un razonamiento completo, ordenado y seguro de sí mismo, pero esconden una característica decisiva: no admiten cuestionamientos. Quien habla no deja espacio para la duda porque ya ha ocupado, de antemano, el lugar de todas las respuestas.
Este tipo de discurso no es simplemente una muestra de seguridad o convicción. Es, más bien, una forma de control. La exposición no se orienta a construir sentido en conjunto, sino a imponer una interpretación que se pretende definitiva. Las posibles objeciones no se enfrentan: se neutralizan antes de existir. Así, la conversación queda reducida a una estructura unilateral donde uno afirma y los demás, en el mejor de los casos, asienten. No se pregunta, se propicia un discurso.
Sin embargo, reducir este fenómeno a una cuestión de actitud sería insuficiente. Hay razones de orden psicológico que ayudan a explicarlo. En muchos casos, la necesidad de “tener todas las respuestas” funciona como un mecanismo de defensa frente a la incertidumbre. Dudar implica exponerse, reconocer límites, admitir que algo puede no estar bajo control. Para algunas personas, esa apertura resulta amenazante. La rigidez del discurso, entonces, no es solo imposición hacia afuera, sino también una forma de sostén interno. Para muchos, su forma de vivir en sociedad.
A esto se suma la dificultad para tolerar la ambigüedad. No todo el mundo procesa bien los espacios grises: hay quienes necesitan estructuras cerradas para sentirse seguros. En ese contexto, el cuestionamiento ajeno no se percibe como una oportunidad de profundización, sino como una amenaza a la estabilidad del propio esquema mental. La reacción no es dialogar, sino reforzar el cierre. Prohibido pensar, cuestionar, replantear.
También puede operar un componente de identidad. Cuando una persona se identifica fuertemente con sus ideas, cualquier crítica se vive como un ataque personal. La defensa del argumento deja de ser racional y pasa a ser emocional. De ahí que el discurso se blinde: no para proteger la verdad, sino para proteger al sujeto que la enuncia.
Hay, además, una paradoja en esta forma de hablar. Cuanto más completo pretende ser el discurso, más frágil se vuelve. Su solidez depende de que nadie lo cuestione; su coherencia, de que no se introduzcan variables imprevistas. No resiste la pregunta genuina porque no fue construido para responderla, sino para evitarla. En ese sentido, no es un pensamiento fuerte, sino un pensamiento protegido.
Reconocer este tipo de discurso exige atención. No siempre se presenta de manera evidente; a veces adopta el tono de la claridad, de la experiencia o incluso de la autoridad moral. Pero su rasgo distintivo permanece: la ausencia de apertura. No hay lugar para el “¿y si no?” ni para el “¿por qué?”. Todo ya está dicho, todo ya está resuelto. Bueno, en apariencia.
Frente a esto, la tarea no es necesariamente confrontar de inmediato, sino reintroducir la pregunta. Porque donde no hay preguntas, no hay pensamiento, sino repetición. Y donde alguien afirma tener todas las respuestas, lo que suele faltar no es información, sino disposición a pensar.
Lo descrito no es una abstracción aislada. Se manifiesta con particular nitidez en la práctica política contemporánea, donde el discurso no solo comunica, sino que organiza poder. En Costa Rica, esta forma de hablar se ha vuelto especialmente visible en la relación entre liderazgo, opinión pública y construcción de legitimidad. Lo vemos con especial claridad hoy.
Ejemplos de carne y hueso
En el ejercicio del Poder Ejecutivo, el estilo del presidente Rodrigo Chaves Robles ha mostrado, en diversos momentos, una tendencia a estructurar el discurso como un relato cerrado. Todo lo demás que se sugiera, cuestione o repregunte, pierde toda validez. Automáticamente, se torna espurio, errado, falso o inútil.
Las conferencias de prensa semanales –convertidas en un dispositivo central de comunicación y programación colectiva– no operan únicamente como espacios de información, sino como instancias de encuadre y delimitación de ideas e iniciativas intelectuales.
Las preguntas, aun cuando provienen de la prensa, quedan subsumidas dentro de una narrativa previamente fijada: se responde no para abrir el tema, sino para reconducirlo. En múltiples ocasiones, cuestionamientos sobre decisiones de gobierno o políticas públicas son reformulados como ataques, intereses ocultos o desinformación, desplazando así el eje del debate desde el contenido hacia la legitimidad de quien pregunta. Se ataca, además, al mensajero y no al mensaje. Este fenómeno está presente en otros sectores del continente, por lo que no proviene de la “malicia indígena” local.
En figuras como Laura Fernández Delgado, proyectadas como continuidad dentro del oficialismo, se observa una modulación del tono sin una ruptura clara de la lógica. El discurso persigue presentarse con mayor tecnicidad o sobriedad, pero mantiene una estructura en que las respuestas anticipan y contienen las posibles objeciones. La diferencia es de registro (menos confrontativo, más institucional) pero no necesariamente de apertura: el espacio para la pregunta sigue siendo limitado por un encuadre previo que orienta la interpretación.
Su posición actual atiende a dos factores: una posible falta de dominio de dicha forma de comunicación y la confusión que evidencia mientras intenta plasmar un conocimiento de la gestión política inmediata propia de su nuevo cargo y el ejercicio de apariencia suficiente en temas de educación, cultura y experiencia.
En el ámbito legislativo, que finalizó este martes 28 de abril para los diputados de este cuatrienio, el rol de Pilar Cisneros Gallo ofrece un ejemplo particularmente claro de esta dinámica. Sus intervenciones en el plenario y en medios de comunicación no se orientaron a deliberar con la oposición, sino a consolidar una narrativa frente a la opinión pública. Durante debates sobre proyectos sensibles –como reformas laborales o iniciativas de seguridad–, las objeciones planteadas desde otras fracciones no fueron suficientemente integradas al argumento, sino descalificadas o reencuadradas como expresiones de intereses políticos de castas privilegiadas, falta de comprensión o resistencia a todo aquello que no venga de la fuente del chavismo. El efecto no es la apertura del debate, sino su polarización controlada.
A este entramado se suma un factor menos visible, pero igualmente determinante: la limitada conciencia crítica sobre estas formas discursivas en amplios sectores de la ciudadanía. No se trata únicamente de una ignorancia en sentido peyorativo, sino de una insuficiente formación en la lectura política del lenguaje, agravada por un contexto de desgaste acumulado.
Una población marcada por el cansancio frente a prácticas de corrupción y promesas incumplidas de gobiernos anteriores tiende a valorar, casi por reflejo, los discursos que se presentan como claros, directos y resolutivos. En ese terreno, los tonos de aparente firmeza –muchas veces atravesados por rasgos populistas– no solo convencen: tranquilizan.
Esta dinámica no es inocente. El cansancio social, lejos de neutralizar estas formas, puede ser instrumentalizado por ellas. El discurso que promete ruptura con el pasado termina, en ocasiones, reproduciendo nuevas formas de clausura bajo una estética de confrontación o renovación. También disfraza con formas remozadas prácticas de corrupción, incumplimiento de promesas, metas y avance socioeconómico. Y, tarde o temprano, propiciará con ello nuevas etapas de desilusión y amargura en la ciudadanía.
En última instancia, lo que está en juego no es solo la calidad del discurso político, sino la capacidad misma de una sociedad para pensarse a sí misma sin tutelajes. Cuando el lenguaje se convierte en un mecanismo de cierre, y la ciudadanía, en su receptora pasiva, la política deja de ser un espacio de construcción colectiva para transformarse en un ejercicio de conducción unilateral.
Por eso, reabrir el espacio de la pregunta no es un gesto menor ni retórico: es un acto profundamente político. Allí donde alguien afirma tener todas las respuestas, la tarea crítica no es aceptarlas ni reemplazarlas por otras igualmente cerradas, sino insistir –una y otra vez– en aquello que el discurso intenta evitar: la duda, la complejidad y, en última instancia, la libertad de pensar.
Como advirtió George Orwell, “el lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras suenen veraces…”, lo que nos recuerda que el problema no es solo lo que se dice, sino la forma en que se construye aquello que estamos dispuestos a aceptar como verdad.
rcamacho@bcmabogados.com
Raúl Alexander Camacho Alfaro es abogado.