
De pronto, irrumpió en escena. Elegante y resuelto, Diego de la Haya Fernández, gobernador español comprometido, inteligente y culto, sorprendió a la concurrencia al revelarse como el primer dramaturgo que escribió en suelo costarricense, en Cartago, la capital del territorio, en el año 1725.
Lo descrito aconteció el 29 de julio. El funcionario español rompió el protocolo en El Farolito, al emerger de las páginas que lo reivindican: Albores y pioneros del teatro en Costa Rica, del autor Jorge Arroyo Pérez, durante la presentación de este libro en la icónica institución, junto a la rotonda que motiva su nombre, en barrio Escalante.
Fue una noche mágica. Llegué temprano para encontrar campo y, no más de entrada, el cálido abrazo con “el más historiador de los dramaturgos”, como dicen de Jorge, no se hizo esperar, multiplicado el abrazo por decenas de amistades con las que me topé.
Por cierto, me senté junto a doña Gilda Rosa Arguedas. Amable y espontánea, la distinguida educadora se presentó gentilmente y nos pusimos a conversar, como si nos conociéramos de toda la vida. Doña Gilda Rosa, lingüista y académica de gran trayectoria, es también experta en parapsicología y se comunica con entidades esotéricas.
El acto estuvo a cargo del lingüista Alexander Sánchez Mora, quien puso en relieve la profunda y minuciosa investigación de Jorge Arroyo, escritor, ensayista, actor, dramaturgo, gestor cultural. Don Alexander destacó que el rigor y el espíritu inquieto e indagador de Arroyo halló el sustento de su obra en valiosos documentos del Archivo Nacional, señera institución a la que Jorge Arroyo y el público suelen acudir en busca de nuestras raíces identitarias.
En su libro, Jorge “da a conocer hechos que han estado heridos de olvido por ignorancia o ineptitud, por desinterés o por la consciente ocultación de que las más antiguas manifestaciones escénicas, efectivamente, ocurrieron en Cartago en 1725.
La obra es prolija en datos, costumbres y reminiscencias que certifican los orígenes de nuestra actividad teatral: “Las grandes ocasiones celebratorias obligaban a ‘enjalbergar’ (encalar) las casas y los edificios principales. Se desbrozaban las calles y las aceras, se ‘eranenaba’ la Plaza Mayor apelmazándola con tierra acarreada desde las canoas… El entorno debía estar esplendoroso, pese a los inconvenientes propiciados por las circunstancias climáticas y topográficas de Cartago”.
Las páginas del libro en mención narran que los festejos promovidos por el gobernador De la Haya ofrecieron diez días con cabalgatas, escaramuzas, bailes, festines, juegos artificiales y culminaron con tres espectáculos: una loa compuesta por el gobernador, una obra de Calderón de la Barca y una naumaquia (batalla) de tierra en la Plaza Mayor.
Además de que se le reconoce a De la Haya su valor como dramaturgo y pionero del teatro costarricense, este jerarca español nos dejó su impronta de cronista, pues registró por escrito la erupción del volcán Irazú en 1723, un detallado informe que aportó en aquella época elementos de trascendencia para la investigación científica y documental. Por esa razón, el cráter del Irazú lleva su nombre.
La presentación en el Centro Cultural Español ofreció la personificación de don Diego, lo que otorgó a la actividad un adecuado equilibrio entre la formalidad y la puesta en escena, con tanto realismo que, por momentos, pensé si no habría sido por un guiño de doña Gilda Rosa que, de veras, el mismísimo Diego de la Haya Fernández se había manifestado, in situ.
Sin embargo, días después, en una amena tarde de café compartido con nuestro admirado escritor nacional, tuve ocasión de felicitar a Roberto Zeledón y a Raquel García. Ambos actores fueron los espíritus de otra dimensión que volaron del Cartago de 1725 a El Farolito de 2026.
Roberto García H. es periodista y comunicador.
