
¿Desde cuándo ser reaccionario se convirtió en un gesto de rebeldía? Históricamente, el conservadurismo defendía el orden establecido, pero hoy pareciera que la “rebeldía” consiste en presentarse como antisistema desde posiciones profundamente tradicionales.
En el siglo XVIII, Edmund Burke anticipaba que las reformas políticas y sociales debían ser graduales, prudentes y respetuosas de la tradición. Señalaba que los cambios legítimos debían ser graduales y prudentes; por eso criticó las revoluciones radicales, particularmente la Revolución Francesa. Para él, reorganizar la sociedad de manera radical terminaría en autoritarismo o violencia política.
¿Estaba Burke en contra del progreso? No necesariamente. Pero su postura podría considerarse injusta o anacrónica frente a transformaciones necesarias de la sociedad que no pueden esperar la buena voluntad de quienes detentan el poder. Por ejemplo, abolir la esclavitud, ampliar derechos políticos o terminar con sistemas autoritarios a veces exigió rupturas fuertes con el orden existente.
En este sentido, principios normativos como los derechos humanos no dependen únicamente de la tradición, sino también de argumentos morales universales, de la presión social e incluso de rupturas institucionales cuando el orden existente bloquea reformas necesarias.
Ante esto, resulta esencial no confundir liberalismo con conservadurismo. En la política occidental del siglo XIX, el principal antagonismo político no era entre liberalismo y socialismo, sino entre liberalismo y conservadurismo, entendido el primero como la defensa de las constituciones, derechos individuales y mercados libres, y el segundo como la continuidad de las instituciones tradicionales como la monarquía y el orden social jerárquico de la aristocracia.
Más tarde, con el auge del socialismo, el conflicto político se desplazó y el conservadurismo comenzó a alinearse con el liberalismo en la defensa de la propiedad privada y el orden social frente a los proyectos socialistas. Bien lo proponía Hayek, en tanto que las ideologías políticas no siempre se oponen a las mismas corrientes, sino que sus antagonismos cambian según el contexto histórico.
Ahora bien, hubo un vuelco cultural en la segunda mitad del siglo XX. Después de fuertes procesos contraculturales, principalmente relacionados con la secularización, igualdad de género, libertades sexuales y, en general, expansión de los derechos civiles, muchos conservadores comenzaron a percibir que las instituciones culturales (universidades, medios, industria cultural) estaban dominadas por valores progresistas. En ese nuevo contexto, algunos sectores conservadores empezaron a definirse como oposición a una élite cultural progresista, no solo al socialismo económico.
Hoy, el conflicto político se centra en la oposición entre “el pueblo” y “la élite”. Esta dicotomía constituye precisamente la base del populismo contemporáneo. Para Ernesto Laclau, el populismo no es tanto una ideología como una lógica política y discursiva; por esta razón, no pertenece exclusivamente a la derecha o a la izquierda. En ambos casos, el recurso retórico es similar: consiste en presentarse como ruptura con una élite política o cultural considerada ilegítima, presentarse como outsider.
Algunos conservadores se presentan como antisistema, porque perciben una hegemonía cultural progresista y porque la retórica populista antiélite es políticamente eficaz. Es peligroso para la democracia reducir la política a una lógica moral binaria.
Cuando el discurso antisistema se radicaliza, la democracia puede pasar de ser un sistema de pluralismo y deliberación a una política de enemigos y traidores. Esto representa un problema para el pensamiento crítico, pues la apelación a una supuesta superioridad moral, sea en nombre del progreso o de la tradición, tiende a bloquear el debate. Cuando la política deja de ser deliberación entre adversarios y se convierte en una confrontación moral entre “los buenos” y “los enemigos del pueblo”, la democracia pierde su espacio más esencial: la discusión crítica.
En la política contemporánea, la diferencia clave está entre quienes desafían estructuras para ampliarlas o transformarlas y quienes utilizan la retórica antisistema para defender órdenes ya existentes o idealizadas del pasado. Lo reaccionario, entonces, no puede ser rebelde. La rebeldía política consiste en cuestionar críticamente el poder y abrir posibilidades de transformación.
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Tsáitami Ordóñez Araya es abogada.