En su momento, Aristóteles había observado la presencia de un ethos en la vida social del ser humano. Se trataba de un fundamento conductual que impregnaba la cotidianidad y enaltecía al hombre por encima de la condición de las bestias. Constituido desde las costumbres, ese precepto desemboca en la afirmación de un modo de ser que da la gentil dignidad de la conducta moral.
Así, el ethos constituye el referente cultural del comportamiento comunitario, rige la percepción del vivir y sus actos y genera juicios y emociones. A diferencia de la cultura griega, la nuestra no se asienta en lo que acostumbramos, sino en la definición intencional de nuestras costumbres. Nuestra cultura nacional irrumpe como exposición de características propias. Articulada a lo largo de décadas de construcción y consolidación del imaginario nacional, esta alegoría intencional, fruto de la noble inteligencia de nuestros antepasados, es la estética de la patria a través de imágenes de excepcionalidad étnica, política y paisajística.
Bajo su impronta, aparece nuestra identificación con la patria, pues nos despierta el sentimiento de orgullo hacia todo aquello que resulta propiamente nacional.
Trasladado el concepto aristotélico a nuestro pequeño mundo por su eficacia para entendernos, el ethos que nos rige se refiere más a la percepción de la realidad patria que a las normas de la convivencia elegante.
Visión de mundo. Se trata entonces de un modo de ver nuestro mundo inmediato que causa necesariamente la identificación cívica, pues nace de una naturaleza postiza que debe corporalizarse en la conducta ciudadana. Entendido así, el ethos costarricense es una articulación compleja de imágenes que actúan como referentes de valoración por los que exigimos siempre la precepción del bienestar evidente y progreso para sentir orgullo de lo que vivimos.
Así, nuestro espíritu se vincula con su mundo solo a través de la posición de espectador. Sustituye las experiencias inmediatas con imágenes mediatas que vivencia como emotividades hacia el momento. Nuestra conciencia reacciona, toma posición y enjuicia desde sensibilidades. Esa forma de vivencia le da materialidad a sus días, piensa así su mundo desde el dramático delirio de las pasiones pues su vínculo con los tiempos que vive se asienta más en sentimientos que en saberes.
Mas ese ethos tiene una peculiaridad cívica, vincula el bienestar de la patria a la figura del presidente, no al ciudadano. Exigimos entonces de él la excepcionalidad que solo puede tener el gran líder nacional, por ello todos nuestros gobernantes nos han quedado cortos. Nuestra reacción cívica es emocional antes que reflexiva. Cargada de esteticidades y prejuicios encierra el pasar de los tiempos entre resistencia y desprecio.
Por ello, el costarricense, antes de tolerar, solo disimula porque el disimulo es un desprecio que prefiere ocultar. Murmuramos a espaldas de otro cuando lo consideramos digno de castigo y censura. Los pecados de nuestra conciencia perduran en nuestra alma por encima de nuestros tiempos.
Reacción. Lo otro, lo que nos es diferente, ha de someterse a las frágiles fronteras de la seguridad por costumbre. Nuestro espíritu, atravesado por sus convicciones, reacciona indignado ante los acontecimientos de la minoría, exigiendo que se sometan a lo que cree es voluntad de mayorías, pero esta es hoy rebelde, pues se ha dado cuenta de que en el sometimiento solo logra exclusión, por ello el noble ideal de nuestro tiempo, de que todo acuerdo social sea solo transitorio.
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Reaccionando a nuestra realidad por sensibilidades que se desprenden del ethos en nuestra alma imperan imágenes a las cuales se engarza nuestra voluntad con más fuerza que a las más justas razones. El apoyo electoral del costarricense se decide no por proyectos, sino por exigencia de firmeza, constancia, seriedad y conducta educada. Por ello, nuestro apoyo cívico se evapora tan rápido como el aliento de Eos cuando algo trastoca la imagen, como lo puede ser un simple cambio en el discurso.
Cierto es el juicio de los especialistas quienes insisten en la diferencia presentada en la elección presidencial anterior, pero su diferencia no estuvo en los actores, sino en la aparición de resistencias y reacciones identitarias sustentadas en la percepción del bienestar patrio, actitudes que han de trascender la coyuntura para reaparecer con más vehemencia tal vez en otras situaciones y momentos.
El autor es filósofo.