
Yo nunca había ido con México.
Nunca así, al menos. Nunca con esa sensación extraña de que no estaba viendo un partido, sino una pequeña batalla dentro de una guerra larguísima que empezó hace siglos y que los comentaristas deportivos, pobres criaturas, siguen empeñados en reducir a posesión, intensidad, transiciones y xG.
Hoy fui con México.
Y no porque de pronto me haya brotado un mariachi interior, ni porque haya descubierto una abuela secreta en Jalisco, ni porque haya confundido patria con camiseta. Fui con México porque México, en ese momento, era mucho más que México. Era la posibilidad –breve, brillante, casi insolente– de que nuestra vieja civilización hispana le metiera un gol a esa maquinaria anglosajona que lleva demasiado tiempo explicándonos cómo se debe vivir, cómo se debe hablar, cómo se debe comerciar, cómo se debe votar, cómo se debe educar, cómo se debe pensar y, últimamente, hasta cómo se debe sentir.
Uno no siempre escoge sus bandos. A veces, el bando lo escoge a uno. Y hoy, cuando vi a México plantarse frente a Inglaterra, no vi solo a once jugadores contra once jugadores. Vi la cruz de San Andrés tratando de abrirse paso frente a la cruz de San Jorge. Vi a la nueva Roma –mestiza, barroca, desordenada, luminosa– intentando imponerse por fin sobre la bárbara Sajonia, tan correcta, tan práctica, tan convencida de que el mundo entero es una hoja de Excel con himno.
Pero no sucedió.
Otra vez no.
Volvió el siglo XIX, como vuelve siempre: perfumado de modernidad, vestido de deporte, maquillado de neutralidad. No vinieron los ingleses con corsarios ni con cañoneras. No hizo falta. Ahora las viejas potencias llegan con VAR, reglamentos, narrativas globales, comentaristas bilingües, mercados audiovisuales y esa irritante serenidad del que lleva 200 años ganando incluso cuando no enamora a nadie.
La piratería se modernizó. Ya no saquea puertos: administra competencias. Ya no roba galeones: define estándares. Ya no necesita incendiar ciudades: le basta con convencernos de que sus reglas son la civilización misma.
Y nosotros, mientras tanto, seguimos esperando.
Esperando el gol. Esperando la revancha. Esperando que la historia, que tanto nos debe, se digne alguna vez a pagarnos aunque sea en tiempo de descuento.
México lo intentó. Y eso hay que decirlo sin mezquindad. Lo intentó con la dignidad de los pueblos que todavía saben sufrir sin pedir permiso. Lo intentó con corazón, con hambre, con esa obstinación maravillosa de quien se niega a aceptar que el mundo pertenece únicamente a los eficaces, a los fríos, a los que nunca se despeinan, a los que miran una derrota ajena como quien revisa una tabla de amortización.
Bravo, México.
Bravo por salir a la cancha como quien sale a defender no solo una camiseta, sino una memoria. Bravo por recordarnos que en esta familia hispana –tan rota, tan peleona, tan dada a discutir por nimiedades mientras otros se reparten el banquete– todavía queda una reserva enorme de belleza, coraje y destino.
Pero, puchis, México.
Cómo no lo lograste.
Porque uno ya estaba listo para el exceso. Para la desmesura. Para ver llorar de rabia a algún lord con cara de estatua municipal. Para escuchar el silencio de los estadios anglosajones cuando se les cuela, como un relámpago, la insolencia de nuestra alegría. Uno ya quería creer que, por una vez, la historia no iba a terminar igual: ellos con el resultado, nosotros con la poesía.
Pero terminó igual.
Y, sin embargo, no confundamos el marcador con la profecía.
Eso sería caer en la trampa de los vencedores: creer que lo que pasa hoy es lo único que importa. Creer que la espuma es el mar. Creer que la noticia es la historia. Creer que el resultado es el destino.
No. Lo que hoy sucedió es apenas cosmético. Doloroso, sí. Molesto, también. Pero cosmético. Porque lo verdaderamente importante todavía no ha pasado.
Todavía no hemos vuelto a comprender lo que somos. Todavía no hemos vuelto a mirarnos como una civilización y no como una colección de repúblicas acomplejadas, siempre pidiendo validación en inglés. Todavía no hemos entendido que la Hispanidad no es un recuerdo escolar, ni una bandera vieja, ni una estatua con palomas encima. Es una potencia dormida. Una forma de humanidad. Una manera de vivir donde caben la tragedia y la fiesta, la Virgen y la carcajada, la sobremesa interminable y la espada, el perdón y el insulto, el mercado y la metafísica.
El mundo será hispano algún día.
No porque todos vayan a cantar rancheras, ni porque los ingleses cambien el té por horchata, ni porque san Jorge tenga que entregar su lanza en una ceremonia de rendición televisada. No.
El mundo será hispano cuando se canse de ser solamente eficiente. Cuando se harte de vivir en sociedades higiénicas, ricas, ordenadas y espiritualmente muertas. Cuando descubra que el algoritmo no abraza, que el mercado no perdona, que el reglamento no salva, que la corrección política no consuela y que ningún imperio de hojas de cálculo puede sustituir la vieja y santa costumbre de tener alma.
Ese día, quizá, hasta los ingleses lo entenderán.
No dejarán de ser ingleses. No hace falta. También ellos, aunque no lo sepan, están esperando algo más grande que su propia isla. También ellos, con sus modales, sus paraguas y su melancolía imperial, terminarán descubriendo que la humanidad no fue hecha para vivir eternamente bajo la dictadura de lo útil.
Mientras tanto, nosotros esperamos.
Pero no como esperan los derrotados, sentados en la acera del mundo. Esperamos como espera quien sabe que la semilla está bajo tierra. Como espera quien ha visto suficientes imperios subir y caer como para no impresionarse demasiado por un marcador. Como espera quien sabe que la historia tiene paciencia, y que a veces Dios escribe primero en borrador antes de pasar la página en limpio.
Hoy no fue.
Hoy Inglaterra ganó. México perdió. Y nosotros, los hispanos de cepa, nos quedamos con ese sabor amargo de las ocasiones desperdiciadas, de los milagros interrumpidos, de las trompetas que empezaron a sonar demasiado pronto.
Pero la Hispanidad volverá.
No hoy. Tal vez no mañana. Quizá no cuando nosotros queramos. Pero volverá. Volverá cuando dejemos de pedir permiso para ser lo que somos. Volverá cuando entendamos que nuestro destino no consiste en imitar al mundo, sino en ofrecerle una salida. Volverá cuando nos atrevamos a decir, sin complejos y sin disculpas, que nuestra humanidad –mestiza, católica, trágica, alegre, impura y luminosa– tiene algo que el mundo necesita desesperadamente.
Mientras tanto, viva México.
Viva la Hispanidad.
Viva nuestra raza, entendida no como biología miserable, sino como linaje espiritual, como forma histórica de humanidad, como una manera de mirar el cielo y la tierra sin separar jamás la lágrima de la risa.
Viva nuestra forma de ser.
Porque el futuro no será frío, ni gris, ni anglosajón.
El futuro tendrá sobremesa.
Tendrá campanas.
Tendrá abuelas rezando.
Tendrá niños gritando gol como si acabaran de derrotar al imperio.
El futuro, aunque hoy no lo parezca, será hispano.
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Texto escrito el domingo 5 de julio de 2026.
Alberto Quirós Feoli es publicista, fundador de la agencia de publicidad Jotabequ y profesor universitario en filosofía creativa.