10 diciembre, 2016

Don Mauro Fernández Acuña, conocido como el reformador de la educación costarricense, nació el 19 de diciembre de 1843 en el seno de una familia de la oligarquía político-militar conformada por varones, alfabetos y propietarios. Don Mauro quedó huérfano de padre a temprana edad y su madre debió hacerse cargo, con muchas dificultades, de la familia.

Creo que fue por las dificultades vividas en su infancia y por la influencia que ejercieron en él su madre, doña Mercedes Acuña, su esposa, Ada, y su cuñada, Mariam (ambas de apellido Le Capellain), que el aporte de don Mauro Fernández Acuña a la educación costarricense tiene una clara intención democrática. Pero también porque don Mauro sabía interpretar los signos de los tiempos.

Compartía con Justo Sierra, mexicano conocido como el Maestro de América, y con el argentino Domingo Faustino Sarmiento la convicción de que el desarrollo de los Estados y el fortalecimiento de la identidad nacional serían posibles si se articulaba un proceso educativo de alcance nacional y supervisado por el Estado.

Al estudiar su obra se hace evidente su preocupación por favorecer a los sectores menos favorecidos de la sociedad costarricense (incluidas las mujeres).

El mismo don Mauro no consideraba que la educación debía reformarse, sino que había que echar a andar un proceso que iría evolucionando. Su mente preclara comprendía la necesidad de ver el sistema educativo como un organismo vivo, dinámico, en evolución. Por eso me parece que más que el reformador, don Mauro es el democratizador de la educación en Costa Rica.

Democratizador. En 1885, el presidente Bernardo Soto le nombró secretario de Instrucción Pública y de Hacienda y Comercio. Era su oportunidad para impulsar un proceso que iría evolucionando para democratizar el acceso a la educación incluyendo a las mujeres y a los campesinos; a los hijos y las hijas de jornaleros, Pero solo tuvo tres años para hacerlo, antes de que tuviera que dejar su puesto, cuando cayó el presidente Soto.

En ese corto lapso, impulsó el proceso educativo nacional, ratificando la gratuidad y obligatoriedad de la educación primaria decretada por Jesús Jiménez en 1869 y promovió la creación de escuelas primarias.

Al estrenar el siglo XX, Costa Rica había pasado de tener 62 escuelas públicas (con 3.543 estudiantes de 5 a 14 años) a tener 369 a las que asistían 20.998 estudiantes, la mayor parte hijos e hijas de artesanos y jornaleros. También pensó jardines de infantes, escuelas normales, becas de estudio para maestros, bibliotecas pedagógicas, edificios escolares, el almacén de material escolar, las juntas protectoras de la educación, las escuelas para adultos y las escuelas ambulantes, así como la creación de la revista El Maestro para el intercambio de ideas pedagógicas y métodos.

Fundó el Instituto de Alajuela, el Liceo de Costa Rica y el Colegio Superior de Señoritas. Este colegio para mujeres, de la mano de Miss Mariam (su cuñada Mariam Le Capellain), abrió para las mujeres costarricenses la puerta de la participación democrática.

Estudios completos. La intención de don Mauro era que el impulso del proceso naciera en la educación preescolar y se extendiera hasta las Escuelas Normales y a un instituto politécnico (que no llegó a hacerse realidad).

En ese contexto, fue que decretó contraer la Universidad Pontificia de Santo Tomás. Esa decisión arriesgada atentaba directamente contra la clase oligárquica y contra la Iglesia. Por esa razón, la obra de don Mauro ha intentado ser desacreditada e invisibilizada.

Pero es que hay que recordar que, como han señalado diversos autores, el esquema colonial de la universidad pontificia estaba ya desvitalizado, y el esquema moderno de una universidad nacional, pública y autónoma era aún muy prematuro para una sociedad pobre, de escasos 200.000 habitantes que acababa de comenzar a organizar la educación secundaria.

De todas formas, la contracción de la universidad no tuvo mayor incidencia puesto que su impacto social era muy poco. El verdadero logro que había tenido fue la producción de intelectuales de alto nivel que se mantuvo después de su contracción, pues se dejaron abiertas algunas de sus escuelas como las de Derecho y Notariado, Medicina, Ingeniería, Farmacia y Bellas Artes.

Hombre bueno. Don Mauro fue presidente del Congreso, dos veces diputado, director del Banco de Costa Rica, fiscal, juez de la Corte Suprema y catedrático de Derecho de la Universidad de Santo Tomás.

Murió en 1905 y en 1955 fue declarado benemérito de la patria. Pero tal como dijo don Isaac Felipe Azofeifa, “más que el funcionario que reforma, el abogado que litigia o el economista que organiza, don Mauro fue ante todo ejemplo de elevadísima humanidad ética. De él puede hacerse el mayor elogio para una persona: era un hombre bueno”.

La celebración de su natalicio es un momento oportuno para reafirmar nuestro compromiso en desatar las amarras que le hemos puesto al sistema educativo nacional y que le impiden desde hace un tiempo continuar con su evolución; nuestro compromiso es más bien buscar las condiciones para que el sistema que don Mauro nos heredó vuelva a retomar su fuerza evolutiva, poniéndose a la altura de los tiempos, acorde con las nuevas realidades del mundo en el siglo XXI.

La autora es rectora de la Universidad Castro Carazo.