
Cuando el escritor francés Albert Camus (1913-1960) recibió el Premio Nobel de Literatura en 1957, escribió una carta a su maestro de primaria, Louis Germain. En ella confesó: “Cuando me enteré de la noticia, mi primer pensamiento, después de mi madre, fue para usted. Sin usted, sin esa mano afectuosa que usted tendió al pequeño niño pobre que fui, sin sus enseñanzas y su ejemplo, nada de todo esto habría sido posible”.
Camus provenía de un hogar muy pobre. Su padre murió en la Primera Guerra Mundial, cuando él era un bebé. Su madre, analfabeta y con discapacidad auditiva, luchó para que su hijo permaneciera en la escuela en vez de ir a trabajar. Sin recursos ni redes de apoyo, el futuro del pequeño Albert parecía limitado. Sin embargo, el profesor Germain vio su potencial y no solo lo animó a postularse a una beca para continuar la secundaria, sino que también lo preparó gratuitamente para lograrlo. Camus no decepcionó. El resto es historia.
Historias como esta se repiten, con otros nombres y rostros. Una es la de Isaac, un joven costarricense que vive en un precario y espera graduarse del liceo este año. Hace poco escribió: “Mi sueño es ser chef profesional, inventar nuevos platillos, crear combinaciones únicas de sabores y texturas, lograr que mis recetas sean reconocidas a nivel mundial y tener mi propio restaurante de cinco estrellas”.
Es un sueño grande, limpio de recato, no contaminado por la resignación. Pero, como Camus, Isaac no llegará solo hasta allí. Necesita acceso a una educación de calidad, sí, pero también a una educación comprometida. Necesita docentes que crean en él cuando las circunstancias le sugieren que no es posible; que lo animen a perseverar, que lo reten… que confíen en él.
El educador británico sir Ken Robinson insistía en que la educación debe prepararnos para un futuro que aún no podemos ver. Educar no es llenar formularios ni cumplir protocolos; es abrir horizontes. Y eso solo ocurre cuando existe una relación significativa entre quien enseña y quien aprende.
La docencia, de hecho, nace también de un sueño, y Danielka, otra joven tica, lo sabe: “Quiero ser maestra. Siempre me ha llamado la atención la forma en que los maestros pueden cambiar la vida de un ser humano”. Quienes eligen esta profesión casi siempre lo hacen porque desean acompañar procesos, sembrar confianza, despertar o alentar talentos. Sueñan con ser esa persona que, como Louis Germain para Camus, marque una diferencia decisiva.
Sin embargo, ese sueño docente muchas veces se va apagando bajo el peso de reportes interminables, el exceso de carga administrativa y normas que reducen la enseñanza a indicadores. Cuando el sistema ahoga la creatividad del educador y no le permite ejercer su profesión con dignidad, tiempo y cierta autonomía, también limita la creatividad del estudiante. Y, entonces, perdemos todos.
Al abrirse los portones de los centros educativos para este nuevo curso lectivo, no solo entran estudiantes con mochilas cargadas. Entran sueños. Detrás de cada pupitre, hay una familia que apuesta por la educación como camino hacia una vida más amplia y justa, que apoya a su hija o hijo para que no abandone el estudio, que no elija la vida fácil –y, probablemente, corta– de la vía delictiva, sino que persiga sus sueños.
Asimismo, en cada docente quizá haya una persona que sueña con contribuir a ese futuro. Tal vez su aspiración sea tan sencilla como ayudar a un estudiante a descubrir su talento. Tal vez, sea acompañarlo hasta convertirse en profesional, artista, técnico o emprendedor. O, simplemente, apoyarlo para que algún día pueda “comprarle una casita a su mamá”.
Por eso, si queremos jóvenes que sueñen en grande, debemos crear condiciones para que los docentes puedan ejercer su trabajo con dignidad y respeto. Eso implica invertir en formación continua pertinente, simplificar cargas innecesarias, confiar en su criterio profesional y empoderarlos en las aulas. Implica comprender que el liderazgo educativo no consiste en controlar cada movimiento, sino en crear un clima de posibilidades, de la mano de una sociedad que los respalde.
Nuestros jóvenes representan la esperanza de un futuro que muchos de nosotros ya no veremos, pero ellos sí. Es nuestra tarea educarlos integralmente para que puedan enfrentarlo.
Si Camus tuvo a Louis Germain, el anhelo es que Isaac, Danielka y miles de jóvenes costarricenses tengan a alguien que crea en ellos con la misma convicción. Porque cuando la educación protege los sueños –los de quienes aprenden y los de quienes enseñan–, no solo cambia vidas individuales: cambia el futuro del país.
Linda de Donder es la directora de la Fundación Tejedores de Sueños.