
Los medios de comunicación de masas se mueven en lógicas diferentes según sean los públicos a los que quieren influir. Este es un principio básico que rige tanto la formulación de la publicidad como a los instrumentos de difusión de ideas. Quien es el interlocutor determina en gran medida qué se dice y cómo se comunica. Si se tiene la pretensión de llegar a una gran cantidad de personas de muy diferente nivel socioeconómico y educativo, obtenemos esa variopinta diversidad que observamos en la actualidad en los medios costarricenses “más serios”: desde lo trivial hasta la profundidad filosófica, la presencia de los kitsch y la más grande originalidad artística (campo de conocedores y entendidos), desde lo superficial hasta la hondura existencial.
Como todo en la vida humana, lo religioso no es inmune a esta tendencia mediática universal. Sus contenidos son usados para atraer al público interesado y para fundamentar posiciones adversas. Se defiende a las instituciones religiosas y se les denuncia sus escándalos. Se alaba la espiritualidad, pero hay espacio y publicidad para el secularismo absoluto. Las razones de lo religioso como fenómeno humano se exponen, pero se equiparan a otras opiniones que a veces no logran fundamentarse sólidamente, así como se asumen opiniones religiosas mediocres presentándolas como las más altas razones teológicas. El denominador común de este caótico mar de voces e imágenes es el público: sabio o ignorante, mentiroso o veraz, influenciable o crítico, al fin y al cabo el único capaz de sostener económicamente el medio.
Producto artificial. Podríamos hablar a partir de lo dicho arriba de la ética de la comunicación en sentido amplio, pero es más oportuno ahora hablar de la tentación que todo esto representa para aquellos que creemos en Jesús. El éxito mediático seduce, pero no es sinónimo de evangelización. Jesús no fue ni será nunca un fenómeno mediático, solo sus tergiversaciones lo pueden ser. Claro está, se trata de un Cristo fabricado ad hoc, neutro, simpático y asequible. Es el señor de los milagros, porque a todos nos gusta ganar la lotería que arregle nuestra existencia; es aquel que se promueve por su populismo, por garantizar la vía fácil de la felicidad y que evade convenientemente todo cuestionamiento existencial relevante. Obviamente es apolítico, interesado en hacer llegar el cielo de la abundancia a la tierra, pero nunca dispuesto a desafiar a los individuos para que levanten los ojos al cielo, a lo utópico, a la aventura o a la locura del amor sin límtes, a la justicia o a la verdad.
Ese cristo mediático es un producto artificial, que necesita del espacio virtual creado por la publicidad para existir, porque no se encuentra en ningún testimonio bíblico ni en ninguna espiritualidad tradicional en el mundo cristiano. Es creado y promovido por alguien de buen ver o buen hablar que le fabrica una “voz” y le da una “realidad”. Para lograrlo se recurre a muchos instrumentos, sea modificando sutilmente las imágenes de Jesús convencionales o usando la manipulación escriturística, o el pseudoarte religioso, o apoyándose en la tendencia iconoclasta más severa. Lo importante en todo este proceso es que jamás pueda ser escuchado el Jesús que habla en los evangelios.
No es Jesús. El cristo mediático es popular porque parece cercano a todos, aunque sea un déspota caprichoso que concede premios salvíficos a unos cuantos privilegiados escogidos por él, aunque sea un intolerante de lo diverso y destruya los vínculos de amor de familias enteras, aunque promueva la violencia para defender su verdad, aunque ciegue las mentes de sus seguidores y les ofrezca recetas para resolver cualquier tipo de problemas por arte de magia.
El cristo mediático no es Jesús y nunca lo podrá ser. Quienes se esfuerzan por promoverlo difícilmente pueden ser testigos del evangelio. Se han declarado enemigos de todos aquellos que pretenden abrir la mente del ser humano para hacerlos libres y auténticos, se han vuelto adversarios de los discípulos de Jesús. El cristo mediático vive por el dinero, por la fama, por el rating ; Jesús, solo y pobre en la cruz, sigue siendo motivo de esperanza para aquellos que creen en la fuerza del amor incondicional.