
Lo que estamos observando no es un episodio inflacionario convencional, sino la superposición de tres shocks de oferta con efectos cruzados sobre las cadenas de suministro globales y la producción de alimentos.
La interacción entre el fenómeno El Niño, la guerra de Rusia en Ucrania y la guerra en Irán está generando una presión simultánea sobre rendimientos agrícolas, costos de producción directos y costos logísticos.
El canal de transmisión principal es un shock de costos generalizado con tres vectores:
1. ‘Shock’ climático (oferta primaria)
El Niño introduce variaciones en precipitación y temperatura, afectando rendimientos (yield) y aumentando la incertidumbre sobre la oferta agrícola. Esto no solo reduce volúmenes esperados, sino que incrementa la presión de costos directos y precios finales.
2. ‘Shock’ de insumos (función de producción agrícola)
La guerra en Europa del Este y el bloqueo del estrecho de Ormuz han elevado los precios de fertilizantes nitrogenados, fosfatados y potásicos, tanto por restricciones directas de oferta como por el encarecimiento del gas natural (insumo crítico en la síntesis de amoníaco). El resultado es un desplazamiento hacia arriba de la función de costos marginales en agricultura, que se traduce en menores aplicaciones óptimas de fertilizante y, por ende, menores rendimientos por hectárea.
3. ‘Shock’ energético-logístico (costos de transporte y distribución)
La guerra en Oriente Medio introduce riesgo sobre rutas críticas como el estrecho de Ormuz, elevando precios del crudo y primas de seguro marítimo. Esto impacta directamente los costos de flete (freight rates), almacenamiento y distribución, amplificando el pass-through hacia precios finales.
La clave no está en cada shock individual, sino en su interacción no lineal. El encarecimiento de fertilizantes reduce rendimientos en un contexto donde el clima ya es adverso; simultáneamente, el aumento en costos energéticos encarece tanto la producción como la distribución de una oferta ya restringida. Esto genera un efecto multiplicador sobre precios, más que aditivo.
Para una economía como la de Costa Rica, altamente dependiente de importaciones de combustibles, fertilizantes y granos, el mecanismo de transmisión es relativamente directo:
• Pass-through energético hacia inflación interna vía combustibles y transporte.
• Importación de inflación alimentaria vía granos (trigo, maíz).
• Deterioro de términos de intercambio, al encarecerse importaciones clave sin un aumento proporcional en exportaciones.
• Compresión de márgenes en producción local, afectada tanto por costos como por variabilidad climática.
En términos macroeconómicos, esto configura un entorno de inflación de costos con bajo crecimiento real, donde la política monetaria tiene capacidad limitada para intervenir sin agravar la desaceleración. No se trata de un exceso de demanda, sino de restricciones simultáneas en oferta.
Históricamente, episodios de estrés alimentario global han surgido bajo configuraciones similares: múltiples shocks de oferta coincidiendo en el tiempo. La característica distintiva del escenario actual es la sincronización de estos shocks en tres nodos críticos del sistema: clima, insumos y energía.
No es un colapso inminente, pero sí una señal clara de que la resiliencia del sistema está siendo puesta a prueba bajo condiciones simultáneamente adversas.
Andrés I. Pozuelo Arce es empresario.