
El deseo es un motor psíquico que nos ofrece, más allá de un sinfín de dificultades para satisfacerlo, el regalo continuo de la energía vital y creativa. Es la estructura misma que nos constituye como sujetos hablantes. A diferencia del hambre o la sed, el deseo humano aparece luego de nuestro ingreso en el lenguaje y nunca puede ser totalmente satisfecho.
Es mucho más que la mera carencia que busca satisfacerse: es el efecto de nuestra estructura simbólica y de la falta que nos atraviesa. O, dicho de otra forma, el deseo es consecuencia del vacío que constituye al ser humano. De esto, entonces, se trata el deseo: de una aparente contradicción paradojal, una lógica demasiado íntima que no es comunicable, sino a condición de algún intento, que será, siempre, fallido.
La explotación del deseo es uno de los grandes logros perversos del capitalismo contemporáneo. Su estrategia es que no reprime el deseo, sino que lo administra y lo embute en la maquinaria de la producción delirante. Además, convierte la falta estructural del sujeto en un motor permanente en búsqueda de objetos que prometen colmarla.
El mercado anticipa, o dicho mejor, impone los objetos de deseo bajo la ilusión de la libre elección. Su mandato es disfrutar indefinidamente y, de esta manera, adopta la forma de una exigencia infinita, cuyo resultado son las manifestaciones y síntomas depresivos, agresivos y de agotamiento del sujeto moderno.
Asimismo, bajo el discurso capitalista contemporáneo, se plantea que se puede amar sin pérdida, pero, como ya sabemos, el deseo implica siempre una falta. El mundo del amor es incierto, habitado por el equívoco, por el malentendido, por la satisfacción parcial y nunca íntegra.
El acontecimiento del amor, la primera emoción seria de la vida, trae consigo una suspensión limitada del mundo y la puesta en escena imaginaria de otro que colme mi deseo. Inaugura un tiempo sin coordenadas, que acontece porque sí. El amor, a pesar de que la maquinaria capitalista lo defina así, no es una experiencia.
Recién, es de fácil constatación que todo se presenta como una “experiencia”; el término se ha trivializado y vaciado, hasta convertirse en un simple recurso de ventas. Centros de estética, restaurantes, hoteles, aerolíneas, clubes de lectura, instituciones educativas repiten todos lo mismo: no te venden “algo”, te venden “la experiencia”.
A este respecto, no existe libro de autoayuda, ni influencer, ni juego de cartas que tenga la respuesta frente al enigma del amor. Sobre esto se sabe poco, poquísimo. Sin embargo, para dejarnos afectar por este acontecimiento transformador, podemos empezar por aceptar aquel pensamiento psicoanalítico que dice que “amo a otro sujeto irreducible a mí”. Y, por otra parte, no permitir ser hablados por los fantasmas infantiles y platónicos de completud y de “media naranja” que nos preceden.
Quizá, también, podemos plantearnos la idea de insistir en el amor con pequeñísimos movimientos, convencernos de que no son necesarias grandes gestas. Al deseo llegamos con pequeños movimientos, pequeñas variaciones –muchas veces hasta imperceptibles– en el cómo y cuándo se hicieron, algo así como escuchar confidencias entre sorbo y sorbo.
Conviene saber que, para sostenernos siempre como sujetos deseantes, es fundamental aceptar que el carácter restringido del deseo es lo que nos permite situarnos en los predios del amor y de la creación. Apostarle al deseo, a pesar de la angustia por la decepción, es saber hacer allí donde algo siempre falta.
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Carolina Gölcher es psicóloga y psicoanalista.