
Martes 24 de marzo de 2026. Escribo este artículo en caliente. Es decir, inmediatamente después de una amena conversación telefónica con mi madre, durante la cual ella compartió conmigo los insumos para este relato, sin sospechar que su voz se convertiría en texto.
Yo tampoco tenía idea de que esa plática matutina iba a desembocar en alguna página de La Nación. Se confirma una vez más aquello de que las historias no nos pertenecen; somos nosotros quienes estamos a merced de sus caprichos y sorpresas.
Me contó doña Elizabeth que allá por los años 40 del siglo pasado, su padre, Orlando Muñoz Meneses (1916-1968), se animó a hacer realidad un sueño: comprar un carro de segunda mano.
“Nunca lo usamos para ir de paseo o visitar parientes. Pasaba estacionado de lunes a sábado, pero papá lo encendía los domingos para los viajes de ida y vuelta a la iglesia bautista de Guadalupe”, rememora quien en ese entonces era alumna de la Escuela Porfirio Brenes Castro, en el centro de San Vicente de Moravia.
En el vehículo viajaban siempre ambos padres y tres hijos. Sin embargo, muy pronto se sumó un cuarto “pasajero”: el salmo 23, ese pasaje bíblico que empieza así: “Jehová es mi pastor; nada me faltará” y que incluye oraciones como: “Me guiará por sendas de justicia” (…). “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno…”.
Ese texto acompañaba a la familia, en especial durante cada viaje de regreso a la casa, ya que la esposa del conductor, Inés Madriz Calderón (1912-2000), se asustaba tanto y se ponía tan nerviosa ante la posibilidad de un accidente que se abocaba a repetir en voz alta el salmo 23 a lo largo de todo el trayecto. Una y otra vez, una y otra vez…
El clamor de mi abuela subía de tono, se intensificaba, cuando el carro comenzaba a subir una cuesta que era aún más empinada en aquellos años: la que pasa hoy día al costado este del restaurante La Princesa Marina, en Moravia. Cuanto más aceleraba mi abuelo el vehículo, más pisaba mi abuela el freno bíblico. En cuestión de pocos segundos, el salmo se convertía en salmodia.
Un salmo de altura
El hábito de aferrarse al salmo 23 al son de los motores no era nuevo. Formó parte, años atrás, del viaje en avioneta que hicieron mi abuelo y su familia luego de haber laborado para Challe en las comunidades de Sabalito y Agua Buena, en el cantón de Coto Brus, Puntarenas.
Durante todo el vuelo, mi abuela se pasó repitiendo ese salmo escrito por el rey David.
Cuanto más se sacudía aquella pipilacha bimotor a merced de los vientos, más elevaba mi abuela su voz.
Mientras mi madre me contaba esas anécdotas, recordé que fue la abuela Inés quien enseñó a memorizar el salmo 23 a sus cuatro nietos Guevara Muñoz.
Cada noche, en cuanto nos acostábamos y apagábamos la luz del cuarto en San Ramón de Alajuela, nuestra abuela recitaba ese texto bíblico y, a continuación, mis hermanos y yo hacíamos eco de sus palabras.
Pero pongamos marcha atrás en esta historia y regresemos al carro de mi abuelo.
Recuerda mamá que mi abuela se agarraba fuerte del asiento y no paraba de citar el salmo. El sonido del gimoteo superaba al ruido del motor.
Esa escena se repitió domingo tras domingo hasta que mi abuelo, cansado de tanto drama, explotó un día y dijo: “No, no, no. Yo voy a vender este carro. Así no se puede”.
“Cuando nos dimos cuenta, ya no teníamos carro. Creo que papá se lo vendió a un compañero de trabajo en la empresa de André Challe (un cafetalero de origen francés que era dueño de la mayoría de las propiedades de Moravia)”, evoca mi madre.
Estoy a punto de terminar de escribir este artículo que redacté en caliente después de conversar con mamá por teléfono.
Antes de poner el punto final, recuerdo que vivo a menos de un kilómetro de La Princesa Marina de Moravia. De inmediato, mi inquieta imaginación me permite escuchar el golpe del carro de mi abuelo estrellándose contra la repetidera del salmo 23 que le colmó la paciencia.
José David Guevara Muñoz es periodista.
