
En un interesante artículo reproducido en estas páginas (La Nación, Página Quince, 11/4/08) , Ennio Rodríguez plantea el tema del cambio ético en la sociedad contemporánea. Considero bastante atinado el diagnóstico que hace al respecto. El materialismo consumista induce antivalores que laminan las normas morales de una sociedad solidaria. También me parece cierto que no es una alternativa válida a esta situación, el intento de reciclar el materialismo dialéctico que proponen algunos sectores de la izquierda no democrática.
Divergencia. Quizás sería necesario hacer menos economicista el análisis, porque, junto a la falta de sentido que induce el materialismo consumista, hay otros factores referidos al descentramiento de la política y la pérdida de cohesión comunitaria, que contribuyen a afectar el consenso ético común. Pero, en términos generales, coincido con el planteamiento de Rodríguez.
En cuanto a la respuesta al problema, diverjo netamente. Me parece correcta su referencia a la necesidad de educar en valores cohesionantes, pero, cuando habla de apresurar el paso, se refiere al diagrama místico de San Juan de la Cruz, basado en el absoluto desprendimiento: nada, nada y nada, reproduce Rodríguez en el título de su nota. Y tiene razón: esa propuesta representa el polo opuesto del consumismo materialista. Pero tal respuesta radical me parece desenfocada en varios sentidos.
Ante todo, se trata de una respuesta antitética y reactiva que es poco realista. En su interesante trabajo La revolución de la ética (XXV Premio Anagrama de Ensayo), Norbert Bilbeny plantea que en una sociedad compleja y diversa, como es cada vez más la sociedad digital, la ética que mejor puede recuperar el consenso moral es una “ética del mínimo común moral”, que no hay que confundir con una ética mínima próxima al relativismo moral.
Se trata de una ética que busca anudar la percepción social y la individual. Por decirlo en sus palabras: “un sustrato ético común para una sociedad pluralista solo es viable a través de principios ponderables que permitan, a diferencia de los principios cerrados, la compatibilidad de lo que para todos debe ser bueno y correcto y lo que para cada uno sea su propia idea y realización de lo bueno”.
Una propuesta distinta. ¿Podemos tener alguna referencia concreta de esa ética del mínimo común moral? La filósofa Amelia Valcárcel, en su Ética para un mundo global , considera que ese consenso básico es la Declaración Universal de Derechos Humanos, que, pese a ser un acuerdo surgido en un momento histórico determinado, sigue representando ese mínimo común universal.
Desde luego, eso significa una propuesta distinta de los principios cerrados de inspiración religiosa que propone Ennio Rodríguez. Las fuentes de la Declaración Universal pueden ser religiosas o no, pero su naturaleza es enteramente laica. Trasladando el tema a los Estados nacionales, hay que convenir con Julio Rodríguez en que “al Estado confesional ya le llegó la hora”. ¿Significa eso que el Estado abandona toda sustentación moral? En absoluto, pero su compromiso ético, sobre todo en esta sociedad digital y global del siglo XXI, sería más bien el del mínimo común moral, cuya expresión declaratoria universal cumple este año su sexagésimo aniversario.