
En medio de una reconfiguración global marcada por profundas transiciones tecnológicas, ambientales y sociales, el gobierno de Costa Rica persiste en un grave error: leer el mundo contemporáneo con los lentes ideológicos del siglo XX.
Este analfabetismo geopolítico, que consiste en interpretar las dinámicas internacionales como una lucha entre bloques de “buenos” y “malos”, ha provocado un serio retroceso en el posicionamiento estratégico del país y pone en riesgo su competitividad, su neutralidad histórica y su soberanía económica.
Un caso reciente que expone las consecuencias de esta ceguera es la noticia de que Intel planea trasladar parte de su producción a Asia, una región que el actual gobierno ha tratado con abierto recelo por razones más ideológicas que estratégicas.
El mundo ya no se organiza en torno a fidelidades políticas o ideológicas, sino en torno a intereses comerciales, acceso tecnológico, conectividad logística y sostenibilidad. Un país pequeño como Costa Rica no puede permitirse el lujo de casarse con un solo actor internacional, por más influyente que sea, ni alinear su política exterior a una sola narrativa geopolítica.
Sin embargo, eso es precisamente lo que ha hecho este gobierno. De forma innecesaria y contraria a la tradición diplomática costarricense, ha enfriado la relación con nuestro segundo socio comercial, la República Popular China, con la que el intercambio superó los $3.000 millones solo en los primeros cinco meses de 2025.
Esta actitud, que raya en la imprudencia, va en contra no solo de la lógica económica, sino también de la propia política de neutralidad activa que ha caracterizado históricamente a Costa Rica como un país abierto al diálogo, la cooperación y la convivencia entre distintas potencias.
La torpeza geopolítica de la actual administración es doble: por un lado, pretende alinearse incondicionalmente con Occidente, ignorando que el mismo sector privado ha advertido sobre la pérdida de competitividad de Costa Rica ante mercados que están virando hacia Asia y los BRICS; por otro lado, parece olvidar que la ideología dejó de ser la base de las relaciones internacionales, y que hoy el mundo se mueve por intereses concretos, no por afinidades doctrinarias añejas.
Esta visión maniquea de la geopolítica como si aún estuviésemos en plena Guerra Fría, impide al país aprovechar las oportunidades que surgen en el nuevo orden mundial. La transición tecnológica exige acceso a nuevos mercados y plataformas digitales; la transición ambiental demanda alianzas en infraestructura sostenible, financiamiento verde y ciencia aplicada, y la transición social requiere pensar más allá de nuestras fronteras para atraer inversión, talento y cooperación.
Apegarnos a una lógica de bloques es una receta para la irrelevancia, en el mejor de los casos. Mientras otras naciones, más pequeñas o con menos recursos que Costa Rica, entienden la necesidad de diversificar relaciones y explorar oportunidades en Asia, África y América del Sur, nuestra dirigencia política y parte de la academia sigue encerrada en sus trincheras ideológicas, incapaz de ver que la realidad ha cambiado radicalmente.
Es urgente superar esta mentalidad obsoleta que todavía domina la mente de muchos tomadores de decisiones. Costa Rica necesita una política exterior pragmática, plural y estratégica, que mire al mundo no con sospecha ni con sumisión, sino con inteligencia y visión de largo plazo. La geopolítica no es una guerra de valores, es un juego de intereses. Y quien no lo entienda, pierde.
mauricio.ramirez.nunez@gmail.com
Mauricio Ramírez Núñez es investigador, profesor de Relaciones Internacionales y analista de política internacional.