Los centros educativos no son meros espacios de transmisión de conocimientos, simplemente porque aquello que se enseña está determinado por una cosmovisión, que asume objetivos y metas para el proceso de enseñanza-aprendizaje. Afirmar esto significa que detrás de la actividad educativa se implica una interpretación de la realidad social en la que están inmersos todos sus actores. Frente al contexto social hacemos opciones, aceptamos determinadas condiciones, rechazamos otras y procuramos transformar aquello que consideramos perfectible. Y esto tiene directa relación con la manera con la que se asume la tarea educativa.
En otras palabras, educar supone tomar una posición en la escena política, porque su propuesta orienta hacia la reproducción del sistema en el cual se vive o bien invita a participar en la construcción de algo nuevo. Es un proceso lento, pero que se va consolidando cuando se estructura una intencionalidad común, sustentada por la identificación de determinados valores y actitudes. Como es obvio, dadas estas características, la educación puede ser utilizada por algunos como adoctrinamiento, anulando la capacidad crítica. O bien ser una opción responsable, al construirse como un motor para el razonamiento crítico y democrático.
Algo está mal. Analizando la realidad educativa en nuestro contexto nacional, nos hemos damos cuenta desde hace algún tiempo que algo está mal. Se trata del horizonte que nos hemos hecho como colectivo. Perdimos la costumbre de una sana autocrítica y nos hemos abocado a defender los intereses particulares como si fuesen un absoluto. Esto se nota en la orientación que le damos a la educación: estudiamos para triunfar como individuos, no para comprometernos en la construcción de una mejor nación. Los intereses individuales y, por ende, una moral poco altruista y muy laxa, ha comenzado a minar las bases de nuestro sistema democrático, ya que este necesita como requisito indispensable para crecer la cooperación responsable de todos los ciudadanos.
Pero lo que más preocupa es que hemos caído en un juego institucional altamente destructivo. Porque para que un sistema educativo funcione debe garantizar no solo una base común de instrucción, sino una variedad de propuestas educativas que al interactuar fortalezcan el diálogo democrático y nos ayuden a diseñar un futuro más participativo y dinámico. Sin embargo, parece ser que consideramos que el sistema público-estatal debe convertirse en la medida de todo proceso educativo, lo cual nos lleva a la uniformidad y a la mediocridad. La uniformidad es muy peligrosa, porque termina por domesticar conciencias y anular la posibilidad de lo diferente , y, por ello, nos hace incapaces de crítica y de imaginación creativa. Y la mediocridad, nos hace conformarnos con los mínimos, que son una garantía para jugar con los intereses políticos que siempre nos jalonan en los períodos electorales.
Hipócrita excelencia. Por lo dicho, nos explicamos la proliferación de ofertas educativas insulsas que han estado inundando nuestro medio. Programas cuyo objetivo era ayudar a un grupo de personas que por diferentes motivos no pudieron terminar su educación básica, se han convertido en el acicate de toda clase de subterfugios para facilitar la aprobación de los ciclos básicos. Y todo bajo el hipócrita estandarte de la excelencia.
Y ahora, para empeorar la situación, resulta que centros educativos basados en principios éticos irreprochables, que han demostrado tener altos estándares de excelencia, se les comienza a privar de su especificidad por ser de confesión cristiana católica. ¿No es esto un reflejo de nuestro miedo a asumir la diversidad ética como un componente de nuestra realidad colectiva? ¿Tenemos miedo de ser cuestionados en nuestra laxitud, que se esconde en una falsa neutralidad axiológica? Es claro que todo nos hace preguntar qué significa educar y cómo su praxis nos ayuda a mejorar como sociedad. Sí, porque educar responsablemente supone asumir el carácter político de lo educativo y, por eso mismo, de su impacto en la configuración del futuro nacional.
Defender la libertad de un pueblo significa ante todo salvaguardar su diversidad y el dinamismo que esta genera. Unificarnos en la mediocridad de un sistema interesado solo nos conducirá a opciones más irresponsables. Ahora pesa más que nunca la entereza de los Padres de Familia, de los profesores y profesionales de la educación en sus convicciones profundas. Su fidelidad al proyecto democrático y a los valores que nos hacen mejores personas es nuestra única esperanza en medio de tanto caos.