
Hace algunas semanas, tuve el gusto de atender a dos pacientes que, sin saberlo, se convertirían en las dos historias de esta publicación.
Don Óscar, a sus 70 años, es un profesor universitario pensionado. Un señor muy educado, delgado, que se mantiene en excelente forma física, toma sus medicamentos de forma regular y se cuida mucho.
Me cuenta que ha lidiado con su problema de próstata por unos diez años. En este lapso, ha recibido múltiples tratamientos médicos, fue sometido a una biopsia cuyo resultado fue benigno, y sabe que, por el grado de crecimiento y los síntomas actuales, va a necesitar una cirugía en el corto plazo. El urólogo que lo atendió antes ya había anticipado ese escenario.
Acudió a mi consulta interesado en alguno de los procedimientos que realizamos ahora con asistencia de láser.
Cuando llegó, me saludó efusivamente y me dio un abrazo.
—Andrés, no te acordás de mí, ¿verdad?
—Le mentiría, don Óscar...
—No te preocupés. Te conocí cuando tenías tres años y vivías en la urbanización González Angulo, de Cartago. Yo era tu vecino del frente. En aquella época, me llevaba superbién con Johnny (ya fallecido) y Lidiette. De hecho, mis hijos eran tus compañeros de juegos en la calle.
—Ve vos, por supuesto que no me acordaba. ¡Ya han pasado muchos años! Pues bienvenido y qué gusto tenerte por aquí.
—Andrés, vos eras asmático de los que hacían crisis muy graves. Cuando tenías cuatro años, una vez llegó tu mamá a tocarme la puerta de la casa a la 1 a. m., desesperada, porque estabas que te ahogabas. ¡No podías respirar! Estabas como un caimito, morado. Tu tata venía detrás, corriendo angustiado, desesperado porque sabía que su hijo estaba mal. Yo tenía un pick-up chiquitillo, donde solo cabían dos personas. A esa hora, los llevé a vos con tu mamá a Emergencias del Max Peralta, en Cartago, en una pura carrera. Tu papá se tuvo que quedar porque no cabía en el carro.
—Cuando llegamos al hospital, me quedé contemplando a tu mamá entrar desesperada con vos, ahogándote, mientras los médicos corrían a atenderte y te ponían las mascarillas de nebulizaciones. Te vi llorar mientras recibías un suero por la vena, entre la angustia de no poder respirar y el dolor de la punzada. Poco a poco, con las nebulizaciones, empezaste a recuperar el color y respirabas mejor. Esa vez vimos el amanecer en el hospital y a las seis de la mañana, ya estabilizado, te dieron la salida. Yo me quedé esperando, porque no podía irme y dejar a tu mamá sola, sin tener cómo avisar que ya te habían dado la salida, y menos, sin tener cómo regresar a la casa.
Me quedé paralizado escuchando la historia. Mi mamá me había contado varios de esos episodios y lo mal que la pasamos durante ese lapso por mi asma, tan severa en aquellos años.
—Don Óscar, usted me salvó la vida. No se me ocurre nada más que decirle en este momento, salvo agradecerle con toda mi alma, 46 años después.
—Para que veás las vueltas que da la vida. El otro día, con mi esposa, me puse a buscar urólogos aquí en esta clínica, porque alguien me recomendó que viniera. Cuando vi tus apellidos, pensé de inmediato que eras vos. ¡No sabés lo feliz que me hace ser tu paciente ahora!
—El gusto es mío. ¡Qué bonito que la vida me permita pagarle con gratitud todo lo que hizo por mí hace tantos años! Déjeme, que yo me hago cargo de su próstata.
****
Rodolfo, alias Fofo, tiene 63 años. Era uno de los mejores amigos de mi papá, aunque era 12 años menor que él. Ambos corrían en el mismo equipo de atletismo y se hicieron amigos inseparables, hasta la muerte de mi padre en el año 2000.
Tenía muchos años de no sentarme a conversar con él. Fofo se mantiene bien: delgado, tan simpático como lo recuerdo y, por supuesto, lleno de anécdotas que contar.
—Fofo, qué gusto volverte a ver. ¡De veras, el tiempo vuela!
—Eso pienso, Andrés. ¿Hace cuántos años murió tu tata?
—¡Ya casi 26!
—Andrés, ¿vos te acordás de los domingos en nuestra soda del Mercado Central de Cartago?
—Fofo, imposible olvidarlos. Siempre llegaba con mi tata y mi hermano Alejandro, nos sentábamos en la barra y vos estabas ahí. Nuestra comida favorita: el “sanguchito” de mano de piedra a la plancha y, para tomar, el famoso fresco de crema con helados. Ese mismo fresco que nuestro querido Centeno decía: “¡Tómeselo todo, porque es buenísimo para la inteligencia!”. Mi tata siempre pedía un mozote con tamarindo. Recuerdo también que ustedes dos se sentaban a arreglar el mundo, mientras los güilas (mi hermano y yo) esperábamos para irnos a jugar.
—Andrés, la soda aún existe y conserva su nombre, pero ya no es nuestra. Los tiempos han cambiado. Ya el Mercado de Cartago no es el mismo que vos conociste.
—Eso no importa, le dije; lo valioso es el tiempo que pasamos con vos y con mi tata. Los recuerdos duran para siempre.
Para Óscar y Rodolfo: gracias por haber sido tan importantes en mi vida y la de mis padres. Si mi profesión tiene algo bueno, es que nos permite devolver, con gratitud, un poco de lo mucho que recibimos hace tantos años.
aarley@medicos.cr
Andrés Arley Vargas es médico urólogo y presidente de la Asociación Costarricense de Cirugía Urológica.
