
Cuando el mundo se endurece, un país pequeño como Costa Rica se defiende con instituciones sólidas y con un pueblo bien informado.
Hoy el mundo se ha endurecido. La rivalidad entre Estados Unidos y China domina el comercio, la tecnología, la seguridad y los alineamientos. Y esa disputa se libra, cada vez más, a “garrotazos”. En ese clima, revive una doctrina antigua –la Doctrina Monroe– con traje nuevo: más transaccional, más impaciente, más contundente.
Monroe, con corolario de estos tiempos: el garrote como política. La versión 2.0 no usa cañones: le bastan aranceles, vetos tecnológicos, sanciones y presiones diplomáticas. Y también gestos personales, como revocar o negar visas a figuras públicas: señales que pesan más que mil comunicados y que, por momentos, rozan la cortesía debida entre democracias.
El mensaje es brutalmente simple: el poder se ejerce sin pedir permiso.
En Costa Rica, ese pulso se siente en frentes concretos. En lo tecnológico –por ejemplo, el debate sobre 5G–, el tema deja de ser técnico y se vuelve una prueba de alineamiento. Y, entonces, el debate público se degrada: consignas oscuras, decisiones impuestas, poca transparencia, cuando lo sensato sería discutir con cartas sobre la mesa y con base en prioridades nacionales.
Venezuela ilustra la dimensión moral del garrote. Celebro de corazón la alegría del pueblo venezolano ante cualquier esperanza real de salir de años de opresión, miseria y éxodo. Pero conviene decirlo sin rodeos: el garrote –y quien lo empuña– suele escoger con quién “habla”. A veces, en nombre de la estabilidad o de sus intereses, termina conversando con quien controla el territorio, aunque no sea quien triunfó en las urnas. Y nos vende una ilusión: como si, al caer el cabecilla, la misma corte históricamente corrupta fuera a devolver, por sí sola, la paz, la legalidad, el orgullo y la democracia que los venezolanos añoran.
¿Y qué tiene que ver todo esto con nuestra política interna? Pues todo. El empuje externo se vuelve más peligroso cuando, por dentro, estamos cansados y tentados a tomar atajos. Costa Rica enfrenta inseguridad, caos vial, servicios públicos rebasados y un costo de vida asfixiante; realidades, en gran medida, resultado de años de decisiones públicas insuficientes o equivocadas.
Es natural desear un “gobierno fuerte”. Lo entiendo. Pero un Estado fuerte no es lo mismo que un hombre fuerte.
El Estado fuerte se construye con reglas, pesos y contrapesos, y rendición de cuentas. El hombre fuerte pide fe ciega, convierte al discrepante en enemigo y se salta límites.
Mi llamado es directo: informarnos bien es distinguir hechos de lo que es propaganda, exigir transparencia y desconfiar de la promesa fácil. Costa Rica no se protege gritando: se protege entendiendo. Un pueblo desinformado es un pueblo fácil de mandar.
jaime.feinzaig@icloud.com
Jaime Feinzaig es cirujano dentista.