Darío Feiguin. 20 agosto, 2018

La manifestación en contra de los inmigrantes nicaragüenses, el sábado pasado en el centro de San José, enciende una luz de alerta frente al problema de la intolerancia, la xenofobia y el racismo en Costa Rica.

El episodio es un síntoma de una enfermedad que tiene sus orígenes en lugares más profundos y oscuros del ser, que nada tienen que ver con los valores de pluralismo, diversidad y aceptación que tanto declamamos hacia fuera.

Ningún ser humano debe considerarse superior a otro. Eso que parece una afirmación obvia, a la vista de las circunstancias, no lo es tanto. ¿Qué es lo que nos hace creernos más que otros?

Hay más que una incongruencia hipócrita entre lo que se declama y lo que verdaderamente se siente, e implica la preocupante falta de sensibilidad y empatía frente al sufrimiento del prójimo.

Es algo que advierto en varias dimensiones de nuestra sociedad, y no solo con respecto a los inmigrantes de países vecinos. Hay algo que nos molesta en el diferente, como si su humanidad fuera diferente a la nuestra, como si la sangre que corre por sus venas fuera menos roja que la nuestra.

Algo similar sucedió en Brasil hace unos días. Quemaron campamentos de inmigrantes venezolanos y, por supuesto, sigue la línea que nos viene como mal ejemplo desde el gran país del norte, en donde, so pretexto de llevar la tolerancia de la inmigración ilegal a cero, se llegó a la horrenda decisión de separar familias enteras: hijos de sus padres, algo que a muchos de nosotros nos hizo acordar la Shoá (Holocausto) y a las despiadadas y deshumanas metodologías nazis.

Errantes. Miles y miles de refugiados sirios deambulan por el mundo tratando de encontrar un lugar donde los acojan, del mismo modo que los barcos, como el famoso Éxodo, daban vueltas por el mundo al final de la Segunda Guerra Mundial llevando a los desahuciados judíos a algún lugar donde los recibieran para comenzar una nueva vida, sin muerte y en libertad.

No soy tan ingenuo de pensar que los refugiados no traen consigo problemas. La pobreza y la desesperación pueden terminar en delincuencia, pero no es posible poner en la misma bolsa a todos: decentes y delincuentes por igual. Eso no nos libera de nuestro compromiso con la vida ni nos excusa frente a nuestra responsabilidad para con el prójimo.

Es más fácil decir: “No te metás en problemas” o “Para qué correr el riesgo”, “Mejor lavarse las manos y que se vayan a otro lugar”.

De acuerdo con el judaísmo, y a como lo interpretaron nuestros rabinos y maestros, la vida está llena de riesgos de todo tipo. El desafío es elegir cuán humanos queremos ser. O dicho en otras palabras: elegir si aceptar y cómo aceptar la sociedad con Dios para mejorar y reparar nuestro mundo.

No fueron muchos países (Israel es casi una excepción) que recibieron refugiados de Darfur, Sudán, y de otros países africanos. No fue y no es fácil su adaptación, pero ¿cómo pretender que no pasa nada y mirar hacia el costado frente al sufrimiento inhumano de nuestros semejantes?

Escrituras. En la lectura del Pentateuco de esta semana se presentan varios casos de situaciones especiales y traumáticas en momentos de guerra. La pregunta es: ¿Qué se hace? ¿Se sigue el instinto animal o se intenta seguir el insight ético para al menos rescatar algo de nuestra condición humana? ¿Se opta por la supervivencia aun a costa de nuestra esencia a imagen y semejanza divinas o se le da cabida al riesgo de vivir de verdad con sensibilidad y empatía?

La respuesta está en la Biblia misma: vivir no es solo sobrevivir. Si no somos más que instinto, no somos humanos, sino animales. Si no podemos ir un paso más allá de nuestro egoísmo, no somos seres de santidad, sino de profanación. Si no nos arriesgamos a ser de verdad, entonces no somos.

La manifestación en el centro de San José con cánticos racistas contra los nicaragüenses refugiados de una guerra despiadada perpetrada por un dictador que da armas a grupos de choque compuestos por delincuentes y asesinos salvajes, no habla demasiado de los refugiados, sino más bien de nuestros propios defectos y debilidades.

Ningún ser humano debe considerarse superior a otro. Eso que parece una afirmación obvia, a la vista de las circunstancias, no lo es tanto. ¿Qué es lo que nos hace creernos más que otros?

No hay diferencia entre un chino, un senegalés, un nicaragüense, un francés, un musulmán, un cristiano, un budista y un judío. Todos somos seres humanos.

Dicen los místicos, al intentar explicar el primer versículo de nuestra lectura semanal en Deuteronomio 21:10, “cuando salgas a la guerra”, ¿de qué guerra está hablando la Torá? Y responden: de la guerra contra el instinto.

Lo que significa que debemos ser sensibles al prójimo, no podemos ir solamente detrás de nuestros instintos e impulsos, sino seguir una conducta ética que nos dignifique como seres humanos y nos lleve a una dimensión que trascienda esencialmente lo animal, y nos permita asumir los riesgos de vivir una vida con significado.

El autor es rabino.