
La reciente caída –o franca desaparición– de un partido político que afirmaba tener el favor de Dios plantea preguntas que no pueden resolverse con eslóganes piadosos.
Aquel movimiento, que alguna vez estuvo a un paso de la presidencia y hablaba con absoluta certeza del respaldo divino, hoy enfrenta el juicio de las urnas y la pérdida de influencia. La pregunta inevitable aparece: ¿se equivocó Dios? ¿Dejó de escuchar sus oraciones? ¿Cambió de parecer y eligió a otro candidato, como si se tratara de una repetición del relato de Caín y Abel?
En este sentido corremos el riesgo de confundir al electorado con Dios, haciendo una lectura literal de la famosa frase latina vox populi, vox dei (la voz del pueblo es la voz de Dios). Las personas que, hace solo unos años, creían fervientemente que aquel partido era la respuesta de Dios, hoy optaron por pensar que era otro el partido que traería el Reino de Dios a Costa Rica.
Un partido, como Caín; el otro, como Abel. Y, de hecho, en algunos debates presenciamos momentos en que las dos candidaturas que luchaban por el voto evangélico, se enfrentaron a muerte y con violencia, en una muy extraña escaramuza en la que ambos parecían ser dos caras del mismo Caín.
Esta comparación bíblica suele usarse de manera apresurada y utilitaria, pero el texto de Génesis exige una lectura mucho más rigurosa. El relato no presenta a un Dios arbitrario que elige a uno y descarta a otro por razones caprichosas. De hecho, el hebreo es deliberadamente ambiguo: el texto dice que Dios “miró” a Abel y su ofrenda, pero no “miró” a Caín y la suya. En ese ejercicio de mirar o dejar de mirar, como si el algoritmo de las redes sociales de Dios le hubiese ocultado la ofrenda de uno y le mostrara repetidas veces la del otro, la Escritura se cuida de no justificar el rechazo con criterios rituales, morales o ideológicos. El foco no está en la ofrenda, sino en la reacción. Caín se enoja, su rostro “cae, expresión hebrea que indica no solo tristeza, sino humillación pública y herida de estatus. Y ese enojo es el que planea la eliminación de su hermano Abel.
Aquí es donde la lectura contemporánea de Yuval Noah Harari resulta iluminadora. Harari interpreta el relato de Caín y Abel como una de las primeras narraciones sobre la lucha entre “los de arriba y los de abajo”, entre quien percibe que pierde reconocimiento, legitimidad o lugar, y quien aparentemente lo conserva. Caín no mata por hambre ni por supervivencia, sino por resentimiento. Es el resentimiento del que siente que el orden del mundo –o de Dios– ya no le es favorable. El texto bíblico no narra un conflicto religioso, sino uno político y social. Esa violencia nace cuando alguien se cree despojado de un derecho que considera propio.
Más aún, Dios no abandona a Caín tras “rechazar” su ofrenda. Al contrario, dialoga con él. Le advierte que el pecado “acecha a la puerta”, usando una imagen casi animal, y le recuerda que aún puede dominarlo. Caín no es una víctima predestinada; es un agente moral con responsabilidad. El fracaso no está en no haber sido “el elegido”, sino en no haber aceptado que la elección no es un título de poder ni una garantía de dominio.
Cuando un proyecto político se proclama “ungido”, “escogido” o “respaldado por Dios” y, frente a la derrota, responde con ira, teorías conspirativas, victimismo o deseo de imponer su verdad, reproduce exactamente la lógica de Caín, no la del rechazado por Dios, sino la del que no tolera que Dios no confirme su narrativa.
Este error teológico se agrava cuando iglesias enteras se prestan para pactar con candidatos, repartir volantes desde los templos y ofrecer respaldo electoral a cambio de promesas de poder o puestos en el gobierno. Aquí el daño ya no es solo político, sino eclesial. La iglesia deja de ser comunidad de fe para convertirse en actor de intercambio. Y eso revela una profunda incomprensión de su propia naturaleza.
Detrás de estas alianzas hay, paradójicamente, una falta de fe. Porque cuando una iglesia cree que necesita el poder político para cumplir su misión, está confesando –aunque no lo diga– que Dios no es suficiente. Su predicación termina transmitiendo que el Evangelio no transforma por sí mismo, que la misericordia no alcanza, que sin control institucional, el Reino de Dios fracasa. Esa no es una fe robusta; es una fe débil y asustadiza.
Conviene recordarlo con claridad: la Iglesia no ha sido llamada a ser poderosa, sino misericordiosa. No ha sido enviada a gobernar ciudades, países o el mundo, sino a servir, acompañar, sanar, denunciar la injusticia y anunciar esperanza. Su autoridad nunca estuvo en el control del Estado, sino en la coherencia de su testimonio.
Recuerde esto: la Iglesia fue fundada para ser iglesia, no para ser Estado. Los Estados se fundaron para ser Estados, no para ser iglesias. Lo digo yo, que trabajo en una iglesia y soy pastor. Jesús no fundó la iglesia para que gobernara una ciudad, un país o el mundo (ni siquiera una vida), su misión central es predicar el amor de Dios.
“Mi Reino no es de este mundo” dijo muy claramente. Y justamente esa fue una de las grandes equivocaciones de sus primeros seguidores. Ellos creían que Jesús realmente iba a gobernar como rey de los judíos. Pero él los paró en seco y les dijo eso, que su Reino no tiene nada que ver con los gobiernos de la Tierra. Y sus seguidores debían entender eso, pero el amor al poder y la falsa ilusión de que gobernar equivale a evangelizar, los ha cegado continuamente. Primero, a los que anhelan adquirir el poder político y, luego, a sus seguidores que ponen sus esperanzas en una promesa que no aparece por ningún lado en las páginas de la Biblia.
Cada vez que la Iglesia ha intentado salvarse aliándose con el poder, ha terminado perdiendo su credibilidad. Y cada vez que ha renunciado a gobernar para amar, ha sido verdaderamente transformadora.
Quizá esta derrota electoral no sea un castigo divino ni un error de Dios, sino una advertencia antigua, escrita desde Génesis: Dios no legitima proyectos que convierten la fe en dominio. Dios no se postula a cargos públicos. Y definitivamente, Dios no cabe en una papeleta.
jose@editorialabyad.com
Jose Chacón es escritor.