He llegado a la conclusión de que las ideologías, así en plural, rara vez son el resultado de un proceso consciente. Por lo general son la rémora del subconsciente soberano que rige nuestro pensamiento y nuestras acciones. Todavía, en este siglo y en este continente, pensamos y actuamos como en la Edad Media. Feudalismo de siervos de la gleba para quienes el poder divino del señor del castillo, guste o no, se acata.
Desde hace más de medio milenio arrastramos relaciones de poder derivadas del régimen de “encomienda”, la economía feudal que nos recetó España. El Renacimiento no tuvo tiempo de afincarse en nuestras tierras americanas donde la modernidad apareció dando un gran salto en el vacío. En la época colonial, las ideas de la modernidad no llegaron hasta Costa Rica. Esa gente no leía. Los testamentos, tan cuidadosos en detallar camisas y batidores de chocolate, muy rara vez incluyen libros. Las bibliotecas se quedaron en León, Nicaragua, donde estaban los conventos. De modo que, cuando los estadistas liberales del siglo XIX quieren construir una Costa Rica republicana, levantan un edificio moderno sobre un terreno feudal. Ese fue el origen del asombro de Figueres Ferrer cuando llamó “domesticado” al pueblo costarricense. No entendió –o fingió no entender– que su proyecto institucional, el proyecto de su partido, Liberación Nacional, se levantó sobre la mentalidad feudal de los siervos de la gleba.
Y los siervos de la gleba no pueden reaccionar ante los abusos del poder que los oprime porque el orden feudal los hace completamente dependientes de los caprichos, bondades y maldades del señor del castillo. Su sumisión solo tiene consuelo en la esperanza religiosa. Al igual que en el siglo XIII, ahora, en el siglo XXI la desesperación, en lugar de volverse contra el poder feudal, clama la ayuda de Dios. Pero a Dios le tiene sin cuidado el ordenamiento político de sus criaturas y mira para otra parte. En el pequeño pueblo donde vivo ocurrió un horrible suceso que sirve de estupenda metáfora para explicar la mentalidad feudal. Un tal señor, gamonal de bandera al viento y corcel negro, violó a una mujer, retrasada mental, hasta entonces confiada en su bondad. El señor no negó su culpa: “Sí, yo lo hice”, declaró en los tribunales. La justicia lo dejó en libertad. Libre y tranquilo camina por las calles de su feudo... La que guarda “prisión preventiva” es la víctima. Indefensa, tras la puerta cerrada de su casa, teme que el señor vuelva a reclamar su derecho de pernada. Mientras esto ocurre, el pueblo se prepara para celebrar las fiestas patronales de, ¡oh paradoja!, Nuestra Señora de la Paz.