Los mercados son convenientes para la democracia y, de la misma manera, la democracia es conveniente para los mercados. Si se desea que ambos funcionen bien, solamente necesitan estar regulados.
El Estado contemporáneo es un conjunto de sistemas, tanto públicos como privados, con principios, orden y coherencia. El Estado no solo es un ente público. El Estado es el todo, social, jurídico, institucional, financiero y moral. Ninguna actividad que funcione dentro de la organización estatal –pública como privada– puede ser contraria al bienestar general, fin ético fundamental del Estado.
Por eso, nadie debe actuar fuera de la ley. Democracia sin control nunca podrá sobrevivir, y empresa privada sin regular, terminará autodestruyéndose, arrastrando en su caída a la democracia.
Este fenómeno, apreciado en las crisis financieras de los años 1929 y 2008, comprobó algo que se pretendía ocultar: que la empresa privada tenía campo de acción invisible en el funcionamiento del Estado.
La moral desaparece. Ese actuar es evidente a partir del 2008, con claridad meridiana, que despeja toda duda. No es estructura del Estado, pero tiene capacidad de tal, y la asume, sin ninguna clase de mamparas, desde el momento en que logró suprimir universalmente el control oficial en sus actividades, trastrocando así el orden jurídico normal del Estado de derecho.
Sin que la Constitución Política lo contenga ni ley alguna lo garantice, pasa a manos de la gran empresa monopólica un gran poder de decisión que siempre tuvo el Estado en asuntos sociales, políticos y, sobre todo, financieros, marginándolo de su tradicional obligación de gobernar, decidir y controlar. Le robaron a la democracia su razón de ser.
Cuando los mercados obligaron a la mediocridad política a suprimir toda ley o reglamento que les impedía actuar sin vigilancia y comprobación, la democracia saltó en mil pedazos y, con ella, la ética como principio orientador. Sin ley que controle la actividad mercantil, la moral desaparece.
El mercado, ausente de la inspección fiscal, anula la competencia y se convierte en monopolio. Es inaceptable, por imposible, la obligación que se impone a los empresarios de los países subdesarrollados de prepararse para la competencia, cuando todos sabemos que nadie, en su etapa de pequeño empresario, puede competir jamás con poderosos monopolios.
Lo he dicho varias veces desde hace más de veinte años: la paloma jamás podrá competir con el halcón.
Sociedad con mercado. El socialismo democrático acepta el mercado como algo natural, propio del desarrollo de los pueblos, y el beneficio que produce. Lo que no acepta es la comunidad organizada, política y financieramente alrededor del mercado.
Los socialdemócratas apoyamos una sociedad con mercado, pero rechazamos y combatimos la sociedad de mercado. El beneficio que la empresa mercantil produce debe ser regulado para que no se convierta, como lo es en la actualidad, en explotación de los más amplios sectores laborales.
En la sociedad anónima, como en el gobierno democrático, la tendencia es hacia la corrupción. Es tendencia natural.
El hombre no nació para la solidaridad; esto debe aprenderlo. La sentencia bíblica de si tienes dos túnicas regala una al que no tiene, no es más que la aspiración ideal de un dios que quiso pensar y actuar como hombre, pero que continuó pensando y sintiendo como dios.
Y la amenaza de ser condenado al infierno, eternamente, a todo aquel que no actuara a través de su bondad de corazón –actuación incumplida durante más de dos mil años– ahora será de menosprecio mayor, cuando los papas Juan Pablo II y Francisco han dicho que el infierno no existe.
¿Cuál será el castigo para todos aquellos que levantan la bandera de la avaricia como única razón de vida y comportamiento social?
No se puede admitir que el fin de la democracia sea solamente el lucro particular, totalmente libre y sin normas de control. El mercado, con ese fin único y esos procedimientos, es inmoral porque destruye la solidaridad social y la justicia distributiva.
La empresa privada no puede ser una estructura ajena a la democracia. El demócrata exige un fin social al sistema de producir. Si el mercado no contempla ese fin, es antidemocrático.
La armonía social demanda un poder central equilibrado y justo y una forma de producir justa y equilibrada. En esto consiste la libertad.
En la actualidad, lo único cierto en cuanto a economías de mercado es lo que apreciamos diariamente, que cada vez los ricos son más poderosos y los pobres más miserables.
El autor es abogado.