El rey Salomón fue el último de los reyes de Israel. Su característica más renombrada es la sabiduría, al punto de que se convirtió en el símbolo de la sabiduría divina, aun así él mismo reconoció que ella le faltó en momentos de riqueza y poder, sobre todo por arrogancia. Se caracterizó por tomar las decisiones más acertadas de conformidad con el equilibrio que representa ser justo y sabio.
La mayoría recuerda la famosa historia en que dos mujeres se disputaban la maternidad de un niño. El Rey interviene con una trampa al plantear la decisión de partir a la criaturita en dos y darle una mitad a cada una de las mujeres. Por supuesto, la verdadera madre prefirió perder su parte en aras de mantener a su hijo con vida. Así salió a flote quien realmente le amaba y, por ende, era la madre del niño.
Sabiduría. Esta forma de tomar las decisiones caracterizaron su sabiduría, fue él quien dividió y administró su reino a través de un sistema de 12 distritos, desconcentró su reino porque creía en las virtudes de los otros, lo que también le ayudó a mantener la paz con los reinos vecinos.
Su largo reinado de 40 años se caracterizó por la unión de su pueblo dentro de la diversidad de intereses. Entendía a plenitud que la política y la relación con sus súbditos, así como la toma de decisión, debía ser de respeto por los demás.
Cuando Dios se le aparece y le permite pedir lo que desee, Salomón solo pide sabiduría. Por eso se le premió con entendimiento y amplitud de corazón, con riqueza y comprensión de la vida; fue su humildad lo que le dio más réditos. Empero, Dios le pidió a cambio tres cosas: no aumentar para sí los caballos, no tomar para sí muchas mujeres y no amontonar para sí riqueza en abundancia. A lo esto no hizo caso y, ya anciano, se dio cuenta de que en nada de eso encontró felicidad, afirmó que eso es “vanidad de vanidades, y todo es vanidad”, lo que solo conlleva a una vida inicua.
En las democracias. Pues bien, en las democracias a los políticos el pueblo les da el poder que piden, pero, a cambio, también les pide no cometer tres errores: primero, no gobernar para sí, lo que exige conciliar y escuchar los diversos intereses; segundo, no irradiar arrogancia pues esta quita moderación; y tercero, no olvidar juzgar con sabiduría, la madre de todas la virtudes.
No obstante, algunos pierden ubicación en el tiempo y el espacio, se apegan a ideas trasnochadas, que son producto de una época y una circunstancia, pero que sintetizan en un paquete político como “perfecto”, obviando que una sociedad esta conformada de imperfecciones, de intereses distintos, y que una común aceptación de los métodos políticos no implica en absoluto el acuerdo en ningún otro asunto.
Un verdadero estadista político sabe que no existe ningún tema como totalmente innegociable. La política exige flexibilidad pues es una cuestión de “relaciones prácticas” y no de acciones derivadas de altos principios desde la óptica obcecada de la individualidad, más parecida a la arrogancia que a la sabiduría. El buen político no insulta ni ensucia la honra de los otros, y uno mejor sabe que los insultos nunca le harán daño si sus acciones están sustentadas en los más altos principios humanos.
No en balde Aristóteles decía que un político debe sentirse orgulloso de serlo por su habilidad para conciliar. Más deberá ser un orgullo moderado, sin soberbia, pues esta lo lleva al convencimiento de estar por encima de los hombres que intenta permanente rebajar y humillar, pero que irreversiblemente lo asentara muy por debajo de ellos.
Hay políticos que insultan a la disciplina como ciencia con un ficticio idealismo personal, pues en la practica no consideran las profundas divergencias de valores, que son naturales y meras preferencias o diferencias de opinión, no verdades absolutas.
El rey Salomón se desvió y rectifico, aunque fuese en su vejez. Evitó así ser recordado como Salom-off –apagado– que lo habría relegado y oscurecido por siempre. Si a usted mis líneas lo refieren a algún político actual, de esos que intentan con su “sabiduría” partir a la patria en dos, es mera coincidencia, es parte de esas divergencias que solo la belleza de la política y la democracia permiten.