
Las nuevas generaciones de costarricenses fueron formadas bajo el paradigma de que en el norte del mundo se innova y en el sur se maquila.
Crear no ha sido lo nuestro y, más bien, el grueso de lo materializado a lo largo de los años ha tenido como propósito ser destacamento para que empresas globales líderes —mediante personal inteligente y ciertamente más barato que en sus países de origen— creen e innoven en el norte del hemisferio norte. Como en todo, hay excepciones, pero pocas.
No dejo de pensar en un mejor homenaje para Costa Rica en el bicentenario de su independencia que romper el paradigma educativo a través del cual se forma casi exclusivamente para copiar lo que otros inventan.
Es hora de llevar a las aulas públicas y privadas, de manera sistemática, al maestro que además de enseñar a los niños y jóvenes a acumular conocimiento los guíe para aprender a innovar. La innovación es el arte de crear lo que aún no se conoce o mejorar lo existente con el objetivo de optimizar su aplicación práctica.
Para ello, los jóvenes deben ser formados de manera diferenciada. Tener un espacio dentro de la educación formal —la de las matemáticas, las ciencias y los idiomas— para pensar libremente, observar y entender su entorno, ver y analizar qué sigue en el desarrollo de la humanidad y sensibilizarse ante las necesidades que tienen y tendrán los seres que comparten el planeta y los nuevos mundos por habitar.
Puede sonar fantasioso, y lo es. De eso se trata. De imaginar lo que no es aún, lo que no ha sido creado. De lo contrario, el estudiante seguirá en el mismo plano y paradigma de entender lo que ya existe y limitarse a digerirlo y ponerlo en práctica.
El estudiante debe ser entrenado para formularse preguntas, retarse a pensar por qué las cosas son como son y por qué no hacerlas de otra manera. Desafiar los límites de lo conocido y llegar con el pensamiento a entender por qué hasta ahora el ser humano pisa la frontera del conocimiento y no la supera. Debe concebir una y otra vez el significado de lo útil, práctico, amigable y simple.
Debemos apostar por convertirnos en el siguiente clúster de innovación para las grandes transnacionales que a lo largo de muchos años nos han elegido como destino para manufacturar aquello que se diseñó en otras latitudes. Pero también vender a nuestras niñas y muchachos la idea de que serán el nuevo epicentro de la innovación y los grandes empresarios del mañana, que aportarán al mundo lo nuevo, lo desconocido, lo útil y lo sostenible.
Constantemente escuchamos que los niños nacidos hoy se dedicarán a profesiones que todavía no se conocen. El ambicioso lema en nuestras aulas debería ser «los niños de hoy nos dedicaremos mañana a los oficios y profesiones que nosotros mismos concebiremos para beneficio del planeta».
Debemos pensar en grande, salir de la inercia que impide liberar el potencial. A los de esta generación les corresponde concretar la enorme empresa de capacitar al cuerpo docente para que aprenda a enseñar y luego enseñe a los niños cómo aprender a innovar.
Es nuestra tarea hacer que escuelas y colegios cuenten con profesores que enseñen a nuestros hijos a aprender, a desarrollar las habilidades del pensamiento y a estimularlo. Esa es la labor que debiera ocuparnos desde ya, y ojalá por los próximos doscientos años.
El autor es abogado.