¿Cómo se desarrolla un sector estratégico para nuestra economía? Esta es la pregunta que me hacía el pasado jueves 4 de junio durante la quinta edición del Life Sciences Forum, de Cinde.
Sentado en el Centro de Convenciones, rodeado de líderes globales de MedTech, la pregunta me transportó a un pasado ya lejano, pero también presente.
Resulta que desde los años 50, Puerto Rico había construido su “milagro económico” a la sombra de la Sección 936 del Código del IRS, el equivalente del Ministerio de Hacienda en Estados Unidos.
Este mecanismo otorgaba créditos fiscales federales a corporaciones estadounidenses que se instalaran en la isla. A principios de los años 80, el IRS proponía eliminar ese beneficio –Puerto Rico había alcanzado suficiente desarrollo y el andamiaje ya no se justificaba–.
Al mismo tiempo, en 1983, el Gobierno de Estados Unidos lanzó la Iniciativa de la Cuenca del Caribe, con el objetivo de promover el desarrollo económico regional mediante el libre comercio.
Puerto Rico reaccionó con una movida brillante. Antonio Tito Colorado, uno de los operadores políticos más astutos de la isla, fue nombrado al frente de la Administración de Fomento Económico –el Procomer de Puerto Rico–, con un objetivo claro: salvar la industria.
Su propuesta: extender el desarrollo de Puerto Rico hacia el Caribe y Centroamérica a través de un programa de plantas gemelas. Las empresas beneficiarias del 936 crearían operaciones complementarias en países vecinos, a cambio de preservar los beneficios en Puerto Rico. Estados Unidos aceptó.
El obstáculo era logístico: República Dominicana, por su cercanía geográfica con Puerto Rico, se llevaba casi todas las inversiones. Para ampliar la cobertura regional, Fomento persuadió a los líderes empresariales de valorar otros países no solo en términos económicos, sino por su impacto estratégico en preservar el 936. Las empresas se distribuyeron la región, y a Baxter Travenol le correspondió Costa Rica. Con ese resultado, más o menos accidental, nació la industria de Ciencias de la Vida costarricense.
Eso fue en 1987. Hoy Costa Rica exporta cerca de $11.000 millones anuales en dispositivos médicos; es el segundo mayor exportador de América Latina en el sector, y 14 de las 30 principales empresas MedTech del mundo operan en el país. El sector emplea a más de 54.500 personas, un crecimiento del 216% en una sola década.
Lo que empezó como una planta complementaria de una empresa que quería preservar un beneficio fiscal se convirtió en la columna vertebral de la economía moderna de Costa Rica.
En 2006, la Sección 936 fue eliminada por el Congreso de Estados Unidos. En Puerto Rico el impacto fue severo: el sector se contrajo más del 30%. En Costa Rica, en cambio, la industria siguió creciendo, porque habíamos construido algo que ya no necesitaba del andamiaje original: talento, cultura de calidad, infraestructura y reputación.
Ahora necesitamos aprender del pasado para no repetirlo. La manufactura avanzada es formidable, pero los segmentos de mayor valor (I+D, ensayos clínicos, biotecnología) están todavía, en gran medida, en otro lado. La pregunta es si vamos a quedarnos siendo buenos fabricantes o vamos a convertirnos en socios estratégicos de la innovación.
Las operaciones locales enfrentan, además, grandes retos: talento, seguridad, infraestructura y costos operativos –en ese orden de impacto– son los factores que día a día influyen en las decisiones que retienen a estas empresas en el país.
En un artículo anterior mencioné la urgente necesidad de tener la conversación sobre nuestra siguiente estrategia de desarrollo. Para tenerla, sugiero tres cosas: definir una visión compartida sobre qué queremos ser en los próximos cinco y diez años, partir del entendimiento de lo que hemos hecho bien, y asegurar que cualquier futuro que forjemos sea inclusivo –zonas francas y régimen definitivo, dentro y fuera de la GAM–. No funciona si dejamos grupos enteros fuera de la ecuación. Es una conversación que requiere la participación activa y el compromiso de todo el liderazgo de los sectores público, privado y social del país.
En 1987, Costa Rica no tenía una estrategia de Ciencias de la Vida. Tenía una oportunidad, la voluntad de aprovecharla y gente en el terreno –como Tito Colorado en San Juan, Puerto Rico– que ayudó a allanar el camino. El resultado fue una industria que hoy define al país.
El próximo capítulo no va a llegar por accidente geopolítico. Esta vez, hay que construirlo con intención. El foro del 4 de junio es una buena señal de que la conversación está ocurriendo. La pregunta es si después del último panel y el último café, esa conversación se convierte en estrategia.
Baxter llegó a Costa Rica casi por accidente. Pero lo que construimos con esa oportunidad no fue accidental en absoluto. El siguiente nivel tampoco debería serlo.
filloya@gmail.com
Alejandro Filloy fue director de Servicio al Cliente para América Latina y líder de país de Amazon Costa Rica durante más de una década. Fue representante de Cinde en los años de construcción del modelo de promoción de inversiones que originó la industria de Ciencias de la Vida en Costa Rica. Escribe sobre desarrollo económico, liderazgo y educación.