Después de la Segunda Guerra Mundial, comenzó un período de agitación social que se extendió por todo el mundo y en el que participaron sobre todo sindicatos, universitarios y grupos políticos; estábamos en plena Guerra Fría, las antiguas colonias luchaban por su independencia y un espíritu de fraternidad e igualdad flotaba en al ambiente. En eso apareció la guerra de Vietnam, que, aunque localizada, trascendió fronteras por el enorme desarrollo que tuvo la televisión y la capacidad de difusión que alcanzaron los medios de comunicación.
El impacto, de la guerra fue tan grande que originó todo un movimiento de contracultura que buscó cambiar valores, modos de vida y comportamientos; todos coincidían en que era necesario acabar con la guerra de Vietnam, que había sido el detonador y con todas las violencias por igual. Poco después nacía otro importante movimiento para salvar al planeta de la destrucción masiva que sufría en sus recursos naturales y un cuerpo importante de ecologistas iniciaron una cruzada global y la investigación científica en estos campos tomó un gran impulso.
La revolución cultural tuvo su punto de inflexión en París con la sublevación de los estudiantes en 1968 y seguidamente apareció una nueva música que ejercía un fuerte efecto estimulante en el auditorio y los incitaba a explorar nuevas formas de vida: en el sexo, las drogas, la familia, la pareja, el trabajo, el concepto de género, etc.
En literatura se escribieron obras de culto que fueron devoradas por millones de personas, en las que se clamaba por una nueva espiritualidad y nuevas formas de libertad individual; entre tales obras destacan El guardián entre el centeno, de Salinger, El camino, de Kerouac y El Lobo Estepario, de Hesse. Sin duda, en el caso de las mujeres, su histórica lucha por la emancipación y el advenimiento de la píldora anticonceptiva, culminaron con su liberación en esta misma época y formaron parte de esos dramáticos cambios.
Otra revolución social. Con todos ellos el camino estaba abonado para que el portentoso desarrollo de las ciencias de la computación, convirtiera al mundo en la aldea global que pronosticara Marshall Mc. Luhan en los años 70; ahora mismo estamos presenciando otra revolución social profunda, esta vez, originada en la explosión científico-tecnológica que ha creado redes sociales, con implicaciones mayores, como la «comunicación permanente» que transformó el concepto de privacidad y ahora muchos jóvenes se confiesan en la red y la han convertido en pieza esencial de su existencia.
Sin embargo, disponer de una computadora o un iPad, no nos hace automáticamente más inteligentes, ni más cultos ni mejores personas, porque se trata de máquinas que nos facilitan el trabajo, la comunicación y la entretención, y memorizan grandes cantidades de datos que nos pueden ser útiles, dependiendo de nuestros propósitos y del sentido que le demos a nuestra vida; es decir, pueden ayudar a que seamos mejores pero también nos pueden hacer peores, porque las redes que han revolucionado la forma de relacionarse de las nuevas generaciones, puede ser un campo minado, como parecen indicar recientes investigaciones sociológicas.
La velocidad de los cambios que estamos viviendo con el mundo digital y paralelamente en el de la biología es tan grande, que algunos creen que llegarán a modificar la naturaleza humana y preocupa sobremanera que este fenómeno no esté siendo suficientemente comprendido.
Es urgente llevar a cabo un esfuerzo de divulgación responsable para que la sociedad informatizada sea al mismo tiempo una sociedad de valores, porque, como decía Goethe en el siglo XIX, «los jóvenes prefieren ser estimulados a ser instruidos», y en el siglo que corre necesitamos fusionar estas dos palabras.