
Nunca imaginé que llegaría un 14 de setiembre en Costa Rica en el que, en lugar de hablar solo de antorchas, faroles, civismo e independencia, terminaríamos hablando de retenes, barreras, restricciones, autobuses cargados de simpatizantes progobierno y, por supuesto, del ya célebre plato de arroz con pollo (aunque este lunes fue vaso de arroz con pollo).
Parece chiste. Pero no da risa.
Durante décadas, los cartagineses han recibido la Antorcha de la Independencia en su propia ciudad. Familias enteras se acercan y participan de una tradición que no pertenece a un gobierno, un presidente, un partido o sus seguidores. Le pertenece a Costa Rica.
Pero este 14 de setiembre algo cambió. La Plaza Mayor pareció necesitar más protección que una cumbre internacional: vallas, policías, revisión de pertenencias, solicitud de cédulas y ciudadanos que denunciaban dificultades para ingresar.
¡Qué curioso concepto de independencia! Celebramos la libertad poniendo barreras y la democracia restringiendo el acceso. Celebramos una fiesta del pueblo mientras una parte del pueblo permanece detrás de un cordón policial.
Mientras tanto, simpatizantes del gobierno llegaron organizadamente desde distintos lugares del país y, como toda gran excursión necesita refrigerio, aparecieron el arroz con pollo y el fresquito.
Entonces, surge inevitablemente una pregunta: ¿cuánto mueve un plato de arroz con pollo? ¿Cuántos kilómetros? ¿Cuántos aplausos? ¿Cuántas convicciones?
Viajar kilómetros porque se cree profundamente en una causa política es democracia y merece respeto, independientemente del partido. Pero una democracia saludable no debería necesitar incentivos para llenar una plaza. Las ideas que verdaderamente convencen deberían ser capaces de convocar por sí solas.
Después, llegó quizá la escena más triste. En vísperas del Día de la Independencia, mientras deberíamos recordarles a nuestros niños los valores del respeto, el civismo y la convivencia democrática, vimos al expresidente y actual ministro Rodrigo Chaves enfrentándose a ciudadanos y respondiendo con gestos y burlas.
¿Qué están aprendiendo nuestros hijos? ¿Que cuando alguien piensa diferente se le ridiculiza? ¿Que cuando un ciudadano reclama se le responde con una mueca? ¿Que ejercer autoridad concede licencia para comportarse peor?
No. Eso no es Costa Rica.
Estoy cansado de escuchar que semejantes comportamientos representan la manera de hablar del costarricense común. Costa Rica no es un país de pachucos, insolentes ni chabacanos. Costa Rica es la señora que madruga para abrir su negocio, el agricultor que trabaja la tierra, el obrero que regresa cansado a casa, la maestra que educa con mística, el estudiante que se prepara y las familias que se esfuerzan cada día por construir un futuro mejor.
Esa es Costa Rica.
No confundamos autenticidad con vulgaridad, carácter con prepotencia, franqueza con insulto, liderazgo con arrogancia. Y, sobre todo, no confundamos pueblo con una barra de aplausos.
Quien ejerce una función de gobierno no está ahí para burlarse del ciudadano que lo cuestiona. Está para servir a quien lo aplaude y a quien lo critica, a quien comparte sus ideas y a quien las rechaza. Esa es precisamente la grandeza de la democracia.
No escribo esto para defender a ningún partido ni para añorar gobiernos anteriores. Muchos errores del pasado alimentaron el descontento de Costa Rica. Pero quienes prometieron hacer las cosas diferentes no pueden terminar reproduciendo aquello que tanto denunciaron, agregándole confrontación, burla y división.
Nos terminó saliendo más cara la cura que la enfermedad.
Y aquí aparece la pregunta más importante: ¿qué país estamos dejando a nuestros hijos? Nuestros niños observan a sus autoridades y aprenden de ellas. Algún día tendremos que explicarles por qué permitimos que la discusión política costarricense descendiera hasta semejante nivel.
Aun así, creo en Costa Rica. Creo que este país tiene más hombres y mujeres sensatos que fanáticos; más ciudadanos dignos que aduladores; más personas capaces de pensar por sí mismas que dispuestas a entregar su criterio para pertenecer a una barra.
Los gobiernos pasan. Los presidentes pasan. Los ministros pasan. Los partidos pasan.
Costa Rica queda.
Quizá por eso la imagen que me deja este 14 de setiembre resulta dolorosamente simbólica: una antorcha que representa la libertad avanzando hacia una plaza rodeada de barreras. Ciudadanos afuera. Simpatizantes adentro. Y arroz con pollo circulando entre aplausos.
Qué paradoja para celebrar la Independencia.
Un buen gobierno no necesita una barra que aplauda cada una de sus palabras. Necesita ciudadanos libres, capaces de reconocer sus aciertos y señalarle sus errores.
Porque la patria no pertenece al gobierno de turno. Y vale mucho más que un plato de arroz con pollo.
romacruz05@gmail.com
Rodolfo Cruz Morales es exoficial de seguridad presidencial. Laboró de 1993 a 1996 en el Ministerio de la Presidencia y Casa Presidencial. Hoy es pensionado y vecino de San Ramón.