
No quedamos, solo nos encontramos. Ahí mismo, donde siempre. Abrazo, saludo, risas: lo que nos une y mantiene. Asumo, no es casualidad: ni hoy ni en la vida. Pero sí, qué dicha, qué necesario estar juntos, una vez más, en ese momento, sin presión de tiempo, sin horario por cumplir; siendo bocanada de aire, espacio seguro. Eso somos desde aquellas primeras veces que ustedes decían “¿y ese de la esquina quién es?”.
Son muchos años ya: los almuerzos y paseos por la finca de Aire Fresco donde doña Norma, en Llano Grande de Cartago, cazando aguacates yaz y uchuvas; los sábados por la tarde en medio del jardín y la fuente, escuchando a Nino Bravo o a Lila Downs; las idas a la playa o los viajes en panga hasta isla Venado; los goles del Sapri cantados en el estadio –o donde Cope–; las mil conversaciones sobre la vida, la política, la universidad.
Siempre tuvimos la suerte de librarnos del catch-up culture, ese recurso pop desesperado tan de primer mundo, tan capitalista –tan capitalizado– de verse con alguien de forma programada para ponerse al día con las vidas de cada quién en una contrarreloj frenética, sin construir, tan solo contabilizando, porque en esta historia tan moderna y de resultados inmediatos y de gratificaciones instantáneas, en esta vida sin vida, hay que cumplir –hay que rendir–, incluso, hasta con los amigos. Todo, eventualmente, puede ser calificado; todo, tarde o temprano, es material de primicia para unas redes saturadas de primicias.
Pienso en cuántas veces nos vimos, estallamos en carcajadas, lloramos con desesperación, logramos escarbar el rincón más recóndito y empolvado de nuestro pensamiento para poder darle significado a lo que sentimos/somos: cuántas pudimos decir las palabras exactas de lo que queríamos expresar por el simple hecho de que se permitía, sin linchamientos ni miradas acusadoras.
Intento recordar, también, –precisamente– todos los olvidos de la foto de rigor, sin ese aparato, y que ahora remembramos cuando nos vemos y estamos. Remembramos, repito, porque volvemos a vivir, a sentir, lo que se ha ido ensamblando y formando. Ya lo dice Galeano en El libro de los abrazos: “RECORDAR: Del latín re-cordis, volver a pasar por el corazón”; y luego, más adelante, también anota: “Los sucedidos sucedieron alguna vez, o casi sucedieron, o no sucedieron nunca, pero lo bueno que tienen es que suceden cada vez que se cuentan”.
Nos saltamos el aburrimiento e indiferencia de escrolear y encontrar tan solo una fotografía: el ejercicio de nuestra memoria es quien da sentido a la existencia –a ese sentido de vida–, a la tertulia por el placer de la tertulia; es, a fin de cuentas, el material justo para una buena mesa de tragos, lo que encontramos cuando retomamos las historias que hemos escrito juntos y las degustamos de nuevo, sazonados con tequila y una buena costillita. ¿Recuerdan las cantadas en la fiesta de don Nango en Cabo Blanco de Puntarenas?, ¿las caminatas de los lunes por la mañana?, ¿los abrazos después del último aguas abiertas?
Lo respiramos en paz, cómodos, reconociendo que los amigos no son esos que se cuentan con los dedos de una mano –y sobran–. Esos clichés no sientan bien hoy en día: meten una presión innecesaria, una carga más que nadie quiere, y victimizan desde donde algunos saben lucrar. Estamos conscientes de que en esa matriz tridimensional e interactiva que define la amistad, donde unos se acercan mientras otros nos alejamos a ritmo de buen tango compone un todo, un valor en comunidad: los más próximos, los distantes, en conjunto sostenemos el sistema, aportamos a su estructura, la definimos.
Y lo logramos, creo, porque nos despojamos de la carga de decir que algo es para siempre; nos consolamos con saber que los recuerdos que seguimos fabricando sí lo son. Y lo hacemos no por resistencia, una de esas palabritas tan desgastadas, tan prostituidas últimamente –igual que resiliencia o empatía o altruismo o cualquier otro de esos modismos digitales–; todo fluye porque el vínculo, el contacto visual, la corregulación de la que habla Steven Porges son los abrazos de oxitocina que nutren nuestras necesidades básicas, humanas, reales.
–¡Qué dicha que nos encontramos! –dijo ella. Pero qué dicha que nos encontramos, en realidad, en este mundo, pienso ahora. Porque el mejor café, tueste oscuro, recién molido, se toma –siempre– mejor sin azúcar, y sin prisa.
Gracias Ana y Patricia por traer el tema para este escrito; gracias Gra y Monchito por crear los espacios para poder lograrlo.
ricardo.millangonzalez@ucr.ac.cr
Ricardo Millán es médico psiquiatra, catedrático de la Universidad de Costa Rica y miembro correspondiente de la Academia Nacional de Medicina.
